[SOFÍA] Las Vegas brilla como un espejismo eterno, pero dentro de este restaurante elegante, apartado del ruido y las luces, parece que el mundo entero se ralentiza. El murmullo lejano de las conversaciones, el tintinear de copas y el calor tenue de las velas nos envuelven en una burbuja que se siente casi irreal. Francesco está frente a mí, impecable con esa camisa oscura que contrasta con su piel bronceada y el brillo verde de sus ojos. Se inclina ligeramente hacia atrás, relajado en apariencia, pero yo sé leerlo: debajo de esa calma fingida late el mismo torbellino que yo llevo dentro. Mi teléfono vibra sobre la mesa, una y otra vez. Lo ignoro, pero al final cedo. Lo tomo y la pantalla se enciende: titulares, notificaciones, fotos, mensajes de amigos y conocidos. Todos hablan de lo m

