Lorraine. En silencio, nos conduce por las calles. El sol alumbra ya en lo alto, anunciando que pasan más de las 7. —¿A dónde dices que vamos?— pregunto. Roman sonríe y niega. Me cruzo de brazos enfuruñada. Unos minutos después se detiene frente a un edificio de apartamentos, decente. —Esto es todo un lujo— murmuro, porque mi definición de decente se pierde en cuanto entramos al interior del edificio. Los pisos de mármol perfectamente pulidos, rechinan debajo de mis botas negras, puedo ver perfectamente mi reflejo en los vidrios, sin una sola mancha de huellas. —Joder con el lujo, Roman— rie entre dientes y con su fuerte y tatuada mano en mi espalda baja, me guía a elegante ascensor. Mordiendo mi labio, me acurrucó en una esquina. Roman me mira de reojo, pero no digo nada. Solo o

