📖 CAPÍTULO 2 - EL ASESINATO

505 Words
La copa de Don Esteban Rivas aún estaba en el aire cuando las luces se apagaron. Oscuridad total. Un segundo. Dos. Un golpe seco. Algo cayó. —¿Qué fue eso? —la voz de Lucas Ferrer tembló. —Nadie se mueva —ordenó Clara Vélez, firme, aunque no podía ver a nadie. La lluvia golpeaba más fuerte ahora, como si quisiera cubrir cualquier sonido. Entonces— Un grito. No largo. No dramático. Corto. Ahogado. Las luces regresaron. Y el mundo ya no era el mismo. La copa de Don Esteban estaba en el suelo, hecha añicos. El vino derramado... parecía sangre. Pero no lo era. La silla en la cabecera estaba vacía. —¿Dónde está? —susurró Valeria Montes. Nadie respondió. Porque todos estaban pensando lo mismo. —Se fue por su cuenta —dijo Adrián Rivas, demasiado rápido. Pero ni él mismo lo creyó. —No —murmuró Mateo Cruz, observando el suelo—. No se fue. Levantó la mirada. —Algo pasó. Un trueno sacudió la mansión. Y entonces— Elena Salazar habló por primera vez desde que comenzó el caos: —El estudio. Todos giraron hacia ella. —Siempre va al estudio cuando... —se detuvo— ...cuando quiere estar solo. Silencio. Nadie quería decirlo. Pero todos lo pensaban. —Vamos —dijo Mateo. El grupo avanzó por el pasillo. Los pasos resonaban. Demasiado fuertes. Demasiado lentos. La puerta del estudio estaba cerrada. Adrián golpeó. —¡Padre! Nada. Volvió a golpear. Más fuerte. —¡Padre, abra la puerta! Silencio. Mateo se acercó. Probó la manija. No cedió. —Está cerrada por dentro —dijo. Un frío recorrió la espalda de todos. —Retrocedan —ordenó Adrián. Golpeó la puerta con el hombro. Una vez. Dos. A la tercera— La puerta cedió. El estudio estaba oscuro. Solo la luz de un relámpago iluminó la escena por un instante. Y fue suficiente. El cuerpo de Don Esteban Rivas yacía en el suelo. Inmóvil. Los ojos abiertos. Vacíos. —Dios... —susurró Lucas, retrocediendo. Clara se arrodilló de inmediato junto al cuerpo. Profesional. Precisa. Fría. Revisó el pulso. El cuello. Las pupilas. Silencio. —Está muerto. Nadie reaccionó de inmediato. Porque la mente tarda en aceptar lo imposible. —¿Cómo...? —empezó Tomás. Pero no terminó. Valeria miró alrededor. El escritorio intacto. La ventana... ligeramente abierta, dejando entrar la lluvia. Las cortinas moviéndose suavemente. El reloj en la pared. Detenido. 12:07. —Esto no tiene sentido —dijo Adrián—. La puerta estaba cerrada. —Por dentro —añadió Mateo. Sofía avanzó lentamente. Observó el cuerpo. Luego la habitación. Luego a todos. —Entonces nadie pudo entrar... ni salir —dijo en voz baja. El silencio que siguió fue distinto. Más pesado. Más oscuro. Porque todos entendieron lo mismo. —Estamos atrapados aquí —susurró Lucas. Mateo negó lentamente. —No. Pausa. —Estamos atrapados... con un asesino. Un trueno estremeció la mansión. Las luces parpadearon otra vez. Y en ese instante— Nadie confió en nadie.
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