Despierto agotada después de dormir por más de diez horas seguidas. La luz de la ventana me da directo en los ojos. Pestañeo incómoda por la claridad de la recámara. No suelo ser una persona gruñona en las mañanas, normalmente me levanto con ánimo y con más alegría de la que tengo en el resto del día. Me gustan las mañanas. La cantidad de sol que aporta, si considero que el clima de Manhattan es bastante frío, que pocas veces puedo sentir el calor, es buenísima. He terminado por apreciarlo al sentirlo por la ventana. Mi visión comienza a acostumbrarse a la habitación en la que estoy. Amanecer sola sabiendo que Santiago está en la recámara contigua ha sido lo más difícil que ha tenido que hacer en los últimos días. El deseo que siento por él es cada más insoportable a cada segundo que pasa.

