Escucho el clic de la puerta al cerrar. Jamás en mi vida me había palpitado tan deprisa el corazón. ¡Diablos! Es como ser una maldita virgen de nuevo. Ni en mis años de celibato no intencionado estuve tan expectante. Mis palmas se pusieron frías de repente y mi respiración desapareció por unos segundos. ¿Qué me pasa? —Quítate el vestido. —Me mira a los ojos. Aunque es una orden y estoy acostumbrada a que dentro de la habitación me las den y yo seguirlas, no sé por qué me quedo mirándole sin hacer nada. Ha de suponer que estoy preparada para acatar lo que diga, pero es que ni moverme puedo. No puedo catalogarme como tímida, pues he hecho cosas que personas a los cuarenta años ni se imaginan hacer, desde sexo atada y con juguetes hasta mierdas de tríos y orgías. No soy una santa ni

