El gran salón del Hotel Waldorf brillaba con la opulencia propia de la élite neoyorquina. Los techos altos estaban adornados con arañas de cristal que iluminaban los arreglos florales blancos y dorados, dando al lugar un aire de cuento de hadas. Pero para Miranda, todo aquello se sentía como una fantasía ajena, un sueño prestado que no era suyo.
En el centro del caos organizado, Miranda se encontraba frente al espejo de una suite del hotel, enfundada en un vestido de novia que había escogido semanas antes con la esperanza de que Seven pudiera verla como algo más que un simple acuerdo de negocios obligado. El vestido era de encaje blanco, con un escote corazón y mangas largas que abrazaban sus brazos con delicadeza. La falda, amplia y vaporosa, daba la impresión de que flotaba con cada paso. Su cabello rubio estaba recogido en un moño elegante, dejando que unos rizos suaves enmarcaran su rostro.
—Estás preciosa, cariño —dijo su padre, Harold, entrando en la habitación con una sonrisa de satisfacción. Su madre estaba fuera esperando con los demás, ya había estado un rato atrás.
Miranda le devolvió una sonrisa tímida, pero no dijo nada. Por dentro, su corazón palpitaba con una mezcla de nervios y tristeza. Siempre había soñado con ese día, pero no de ese modo. No bajo esas circunstancias.
—¿Estás lista? —preguntó Harold, ofreciéndole su brazo.
Miranda respiró hondo, tomando el brazo de su padre.
—Lo estoy.
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El salón estaba lleno de invitados que murmuraban entre ellos mientras esperaban el inicio de la ceremonia. Seven estaba de pie junto al altar bellamente decorado, vestido con un esmoquin n***o impecable, la mandíbula apretada y los ojos clavados en algún punto indeterminado del salón. Era un hombre rubio atractivo, de esos que captaban todas las miradas sin esfuerzo, pero en ese momento, su semblante era frío como el mármol.
Cuando las puertas se abrieron y Miranda apareció, un murmullo de admiración recorrió el lugar. Ella caminaba lentamente, con una sonrisa nerviosa en los labios, aferrándose al brazo de su padre como si fuera su única ancla en un mar de emociones. Seven levantó la vista hacia ella y por un instante, sus ojos se encontraron. Había algo en su mirada que hizo que el corazón de Miranda diera un vuelco, pero fue un momento fugaz. Él apartó la vista casi de inmediato, devolviéndola a sus zapatos relucientes.
Al llegar al altar, Harold le entregó la mano de Miranda a Seven, quien la tomó con firmeza pero sin calidez.
—Cuídala bien —murmuró Harold, mirando a Seven con intensidad.
—Por supuesto —respondió Seven, su tono neutral como si estuviera cerrando un trato comercial.
La ceremonia continuó con palabras que Miranda apenas escuchaba. Cuando llegó el momento de los votos, Seven habló con precisión, sin una pizca de emoción.
—Prometo honrar este matrimonio y cumplir con mis responsabilidades como esposo —dijo, mirándola directamente a los ojos, pero con una frialdad que le desgarró el alma.
Miranda, en cambio, sintió que sus palabras salían desde lo más profundo de su ser.
—Prometo amarte y apoyarte, en las buenas y en las malas, hasta que la muerte nos separe —dijo, su voz temblando ligeramente.
Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, Seven se inclinó hacia ella y le dio un beso en la mejilla, breve y formal, como si estuviera sellando un contrato.
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La recepción fue un despliegue de lujo: mesas decoradas con centros de mesa dorados, un banquete digno de la realeza, y una orquesta tocando música suave. Miranda se movía entre los invitados con una sonrisa educada, tratando de ignorar el nudo en su estómago.
Seven, en cambio, se mantenía distante, conversando con algunos hombres de negocios. Cada vez que sus miradas se cruzaban, él desviaba la vista, lo que hacía que el corazón de Miranda se encogiera un poco más.
En un momento de la noche, Miranda decidió buscar algo de aire fresco. Salió al balcón, solo para detenerse en seco al escuchar voces familiares cerca de la entrada del jardín. Se escondió detrás de una columna, su corazón acelerándose al reconocer la voz de Seven.
—Esto es una locura, Selena —decía él, con un tono bajo pero intenso.
—No puedo creer que lo hayas hecho —respondió Selena, claramente enfadada—. ¿De verdad te casaste con ella?
—No tenía opción —dijo Seven, su voz tensa—. Mi padre me lo impuso.
—¿Y ahora qué? ¿Piensas jugar a ser el esposo perfecto?
—Claro que no. Le dejé claro que esto es un arreglo. Nunca voy a tocarla.
Las palabras de Seven fueron como un golpe al estómago para Miranda. Sintió que el aire la abandonaba mientras su corazón se rompía en mil pedazos.
—No entiendo cómo puedes soportarlo —continuó Selena, su tono lleno de resentimiento—. Esa mujer no es nada para ti.
—Lo sé. Pero tengo que seguir adelante.
Miranda no pudo escuchar más. Se retiró silenciosamente, las lágrimas amenazando con caer mientras regresaba al salón.
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El resto de la noche fue un borrón. Miranda sonrió cuando era necesario, habló con los invitados, pero por dentro estaba destrozada. Al final de la recepción, Seven se acercó a ella, ofreciéndole su brazo con una cortesía casi mecánica.
—Es hora de irnos —dijo, sin mirarla directamente.
—Claro —respondió Miranda, su voz apenas un susurro.
Subieron a la limusina que los llevaría al hotel donde pasarían la noche. El silencio entre ellos era ensordecedor. Cuando llegaron a la suite nupcial, Seven fue directo al minibar, sirviéndose un whisky. Miranda se quedó junto a la puerta, indecisa.
—Puedes tomar la cama. Yo dormiré en el sofá —dijo él, sin siquiera girarse hacia ella.
Miranda asintió, sintiéndose más sola que nunca.
Esa noche, mientras se acostaba en la enorme cama vacía, no pudo evitar que las lágrimas cayeran silenciosamente por su rostro. Había soñado con este día toda su vida, pero ahora, envuelta en la oscuridad, todo lo que sentía era un vacío desgarrador.