Seven estaba en su oficina esa mañana cuando, mientras revisaba unos informes, una idea cruzó por su mente. Había estado planeando un evento importante para la fusión con otro banco, una gala que reuniría a los principales ejecutivos y empresarios del país. Miró a su alrededor, y algo en su mente le dijo que era el momento de llevar a Miranda a este evento, de que se presentara ante los demás como su esposa, aunque sin demasiadas expectativas. Al fin y al cabo, para él, ella seguía siendo un símbolo de la obligación que su padre le había impuesto. No había emoción involucrada, solo una obligación que cumplir.
De repente, su teléfono sonó. Era su secretario, confirmando la fecha del evento y asegurándose de que todo estuviera listo. Seven pensó por un momento y luego, como si la decisión fuera algo calculado, respondió:
— Estoy llevando a Miranda conmigo. Quiero que esté preparada. Asegúrate de que todo esté en orden.
Al colgar, se quedó pensativo unos segundos. ¿Cómo reaccionaría ella? ¿Cómo manejaría el evento, sabiendo que todos la verían como su esposa? Miranda era, sin duda, inteligente, pero siempre había sido reservada. Era una mujer diferente de las que él había conocido, pero quizás era hora de que ella demostrara algo más.
***
La noche del evento, la mansión de los Jameson estaba iluminada como un faro en medio de la oscuridad, con luces doradas que reflejaban el lujo de la ocasión. La casa estaba llena de gente importante, empresarios, políticos, ejecutivos de alto rango. La alfombra roja, dispuesta en la entrada principal, les daba la bienvenida a todos los asistentes, y los murmullos de la multitud se entremezclaban con la música suave de fondo. Era el tipo de evento donde las sonrisas eran perfectas, los trajes elegantes, y las conversaciones cuidadosamente medidas.
Miranda estaba en su habitación, ya con el vestido que Seven le había mandado a elegir. Era un vestido largo, de seda negra con detalles plateados que reflejaban la luz de manera hipnotizante. La parte superior del vestido tenía un escote moderado, pero elegante, que se mantenía sofisticado. La falda caía con fluidez, con una caída que destacaba su figura sin ser provocativa. La tela, fresca al tacto, se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido hecha a medida. Sin embargo, la expresión de Miranda no reflejaba emoción alguna al mirarse en el espejo.
— ¿Cómo me veo? —preguntó Miranda en voz baja mientras el ama de llaves, una mujer mayor y eficiente, entraba a la habitación.
La mujee la observó con una sonrisa cálida, sus ojos llenos de aprobación.
— Señora, usted está deslumbrante. Su esposo no podría haber elegido un vestido mejor.
Miranda asintió, aunque su corazón latía con fuerza. No era tanto por la belleza del vestido, sino por lo que representaba: la esposa de Seven Jameson, un papel que no había elegido pero que tenía que asumir, al menos por esa noche.
No podía dejar de sentirse extraña, de hecho ella no había participado de la organización aunque era en su casa y eso sumado al hecho de que él hasta le dio ese vestido, aunque era hermoso, la hacía sentirse un poco ajena a todo.
En ese momento, Seven entró a la habitación. Su presencia era inconfundible, elegante y de esmoquin,su porte era impactante y Miranda levantó la mirada. Él la observó por un largo segundo de arriba hacia abajo sin perder detalle pero no dijo nada. No era el tipo de hombre que expresaba sus pensamientos fácilmente, pero el silencio entre ellos hablaba más que mil palabras. Miranda esperó una reacción, una muestra de afecto o incluso un simple cumplido, pero nada llegó.
— Vamos, no hay tiempo que perder —fue lo único que dijo Seven, antes de girarse y salir de la habitación.
Miranda suspiró, retocó sus labios y salió tras él. Mientras caminaban hacia las escaleras, ella trató de no mostrar su nerviosismo. Seven parecía inmerso en sus pensamientos, ajeno a la tensión en el aire.
***
El evento se desarrollaba con éxito. Las conversaciones fluían, las copas de vino se levantaban en brindis, y la gente reía entre sí, rodeada de un ambiente de lujo palpable. Miranda, aunque al principio nerviosa, comenzó a sentirse más cómoda de a poco. Su inteligencia y el carisma que siempre había ocultado brillaban a medida que se involucraba en conversaciones profundas con varios ejecutivos. Mencionó la fusión de una manera tan natural que, al poco tiempo, varios de los asistentes estaban impresionados.
Seven la observaba desde lejos, sorprendido. Nunca había notado lo astuta y segura de sí misma que podía ser. Siempre la había visto como una figura distante en su vida, alguien que cumplía con un rol, pero esa noche, algo en ella le estaba mostrando una faceta nueva, algo que no esperaba ver. Ella estaba completamente en su elemento, conversando con los demás sin titubear, demostrando una confianza que parecía contradecir a la mujer callada que había conocido.
Cuando la vio hablar con un importante cliente, Seven frunció el ceño. No podía evitar sentirse intrigado, pero también algo incómodo. ¿Cómo había llegado ella tan lejos en tan poco tiempo? ¿Qué estaba ocurriendo allí?
Fue en ese momento cuando Selena apareció. Ella estaba radiante, como siempre, con su vestido rojo brillante que captaba la atención de todos en la habitación. Selena se acercó con una sonrisa en su rostro, pero había algo en su mirada que no era amigable.
— Seven —saludó con una voz suave y seductora, posando su mano sobre su brazo con familiaridad. — Cuánto tiempo sin vernos, ¿verdad?
Miranda, que estaba cerca, vio el gesto y su estómago se tensó. La tensión entre ellos era palpable, y, aunque Seven intentó mantener la compostura, Miranda notó la incomodidad que se reflejaba en su rostro.
— Selena, qué sorpresa —respondió Seven, su tono cortante. No podía evitar que la incomodidad se notara.
Selena, ignorando la frialdad en su tono, sonrió aún más.
— Pensé que podría felicitar a tu nueva esposa. No te preocupes, Seven, no tengo intenciones de arruinar la fiesta —dijo estas palabras en un tono que, conociéndola, Seven interpretó como un reto velado.
Miranda observó en silencio a poca distancia, su respiración más rápida. Vio cómo Selena lo miraba con esos ojos llenos de complicidad y deseo. Unos minutos después, sin decir palabra alguna, Selena le pidió a Seven que la acompañara a un rincón apartado, donde la conversación entre ellos se volvió más privada. Miranda observó cómo se alejaban, y no pudo evitar sentirse invadida por un sentimiento de inseguridad, algo que la había eludido durante toda la noche.
Miranda se dirigió al baño. En el camino, pensó en las miradas y las insinuaciones que acababa de ver entre Selena y Seven. Lo que fuera que hubiera entre ellos no había desaparecido. Al entrar en el baño, se sorprendió al ver a Selena allí, lavándose las manos frente al espejo.
— ¿Qué haces aquí? —preguntó Selena, su tono cargado de una burla silenciosa.
Miranda la miró con serenidad, sin mostrar signos de debilidad.
— Sé lo que hay entre tú y Seven —dijo, su voz firme y baja—. Pero siempre seré su esposa. Y no importa lo que hagas o lo que creas, siempre seré yo la que esté a su lado.
Selena la miró fijamente, con una sonrisa arrogante en sus labios.
— Siempre serás la esposa a la que él nunca amó, querida. Tú no eres más que una pieza en su juego, una obligación. Nunca serás lo que soy y he sido para él —replicó Selena con marcado desdén.
Miranda no respondió. La calma en su rostro no era fingida, sino la única defensa que le quedaba. Sabía que no podía luchar con Selena pues estaba en otra liga. Selena era una castaña despampanante y ella una rubia gordita, pero sí podía demostrarle a Seven que ella estaba allí por algo más que una simple obligación. Podría demostrarle que no solo podía ser su esposa sino una compañera valiosa, mucho más que Selena.
Su verdadera esposa.