El eco de los pasos de Miranda resonaba por los vastos pasillos de la nueva casa. Contrario a lo que creyó, no se iban a quedar en esa bonita casa dónde estuvieron los primeros meses sino que sus padres decidieron regalarles una mansión. La mudanza al imponente caserón, ubicado en un exclusivo barrio de la ciudad, había sido rápida y eficiente, pero para ella, la casa se sentía extrañamente vacía, a pesar de estar decorada con exquisito gusto. Era un espacio frío, sin alma, que parecía más un museo que un hogar. No como la casa anterior.
Desde el momento en que cruzaron el umbral, Seven dejó en claro que no planeaba compartir su vida con ella más allá de lo estrictamente necesario, como si ella ya no lo tuviera claro. Y durante el recorrido por las habitaciones, señaló con indiferencia la que sería la de Miranda, ubicada al final del corredor opuesto al suyo. No había lugar para la ilusión en su tono.
—Esta es tu nueva habitación —dijo, señalando con un gesto breve—. Mis cosas están en la del otro extremo. Prefiero mantener mi privacidad, como ya sabes...
Miranda asintió, esbozando una sonrisa que ocultaba el nudo en su garganta.
—Claro, Seven. Como prefieras.
Mientras los empleados terminaban de acomodar los muebles, Miranda recorrió lentamente la casa, explorando cada rincón. El comedor era majestuoso, con una mesa de caoba para doce personas y lámparas de cristal que colgaban del techo. Las ventanas del salón principal ofrecían una vista impresionante del jardín trasero, donde un viejo roble daba sombra a una piscina que parecía sacada de una revista.
A pesar de la belleza de la casa, Miranda sentía un vacío insondable. No era el tamaño de los espacios lo que la intimidaba, sino la frialdad que Seven irradiaba incluso cuando no estaba presente. Todo parecía impersonal, como si la casa misma compartiera la indiferencia de su esposo hacia ella.
Una noche, tras una cena silenciosa en la que apenas intercambiaron palabras, Miranda decidió que si Seven no estaba dispuesto a construir un hogar, lo haría ella. Había pasado demasiado tiempo soñando con un futuro a su lado como para rendirse tan pronto.
Solo que este proyecto era mucho más ambicioso que el de la casita anterior Pero eso no iba a amedrentarla. Comenzó con su dormitorio, transformándolo en un refugio para su alma. Colgó cortinas suaves en tonos pastel y llenó el espacio con fotografías y recuerdos de su infancia. Pero no se detuvo allí. Encontró un rincón luminoso en el ala este de la casa y lo convirtió en su estudio de pintura, una habitación amplia con grandes ventanales que dejaban entrar la luz del amanecer.
Pasaba horas allí, sumergida en el olor del óleo y el roce de los pinceles sobre el lienzo. Era su escape de la hostilidad que sentía en el resto de la casa. Pintaba paisajes, retratos y, a veces, incluso bocetos de Seven, capturándolo con una dulzura que solo existía en su mente.
Una tarde, mientras estaba inclinada sobre un lienzo, escuchó los pasos de Seven en el pasillo. Él apareció en el umbral, observándola con el ceño fruncido.
—¿Qué es todo esto? —preguntó, señalando las pinturas apiladas en una esquina.
—Es mi estudio —respondió Miranda, sin levantar la mirada de su obra—. Pensé que, ya que esta casa nunca será un hogar para nosotros, al menos debería tener un lugar donde pueda sentirme... yo misma.
Seven soltó un suspiro, cruzando los brazos sobre su pecho.
—Haz lo que quieras, Miranda. Pero no esperes que participe en este juego de fingir que somos una pareja normal, con tus comiditas y tus detalles.
El comentario fue como una daga en el corazón de Miranda, pero no dejó que él lo notara.
—No estoy fingiendo, Seven. Solo estoy intentando encontrar un poco de paz en todo esto. Y si mi comida no te gusta, puedes pedirle a la nueva ama de llaves que te prepare otra cosa.
Él no respondió. En su lugar, giró sobre sus talones y salió del estudio, dejándola sola una vez más.
Con el tiempo, Miranda comenzó a llenar otros espacios de la casa con pequeños toques personales. Colocó flores frescas en los jarrones, eligió mantas suaves para los sofás y llenó la biblioteca con libros que habían marcado su vida, está vez, todo elegido por ella. Todo esto lo hacía con la esperanza, aunque remota, de que algún día Seven se diera cuenta de que estaban juntos en esto, incluso si él aún se negaba a aceptarlo. Y que trataba de hacer un hogar confortable para ambos.
Pero Seven seguía viéndola como una intrusa. En una ocasión, al entrar al comedor y notar las nuevas decoraciones, comentó con sarcasmo:
—¿Acaso estás intentando convertir nuestra mansión en un PIN de Pinterest?
Miranda respiró hondo antes de responder, con una calma que no sentía.
—Estoy intentando convertirla en un lugar habitable, Seven. Sólo eso.
Él bufó, dejando claro que no aprobaba sus esfuerzos, un gesto que, aunque breve, hablaba más que cualquier palabra. Para Seven, la presencia de Miranda en esa casa, y peor aún, en su vida, era un recordatorio constante de la imposición de su padre. Sin embargo, Miranda no se dejó intimidar por su actitud fría y sarcástica. Cada flor colocada en un jarrón, cada libro elegido cuidadosamente para la biblioteca, era una declaración silenciosa de su decisión de quedarse allí con él. Sabía que no podía obligarlo a quererla, pero también entendía que podía demostrarle, día tras día, que no era una carga, sino alguien que quería traer luz a su vida, incluso si él se negaba a verla.
Las noches solían ser las más difíciles. Mientras él se refugiaba en su dormitorio o en el alcohol o en los brazos de su amante, Miranda pasaba las horas en su estudio de pintura, buscando consuelo en el arte. A veces, sus pinceladas eran suaves y llenas de esperanza; otras, reflejaban la tormenta que Seven había traído a su vida. Pero no importaba cuán fría fuera la distancia entre ellos, ella se levantaba cada mañana con la misma determinación. Cada día era una batalla constante entre su incansable esperanza y el rechazo implacable de Seven. Su amor por él, profundo y silencioso, era lo único que la mantenía firme, a pesar del dolor que sentía con cada palabra cortante y cada mirada indiferente.
Aunque las heridas emocionales crecían con el tiempo, Miranda se negaba a permitir que su espíritu se quebrara. En su corazón, todavía albergaba el sueño de que algún día Seven la viera como algo más que una esposa impuesta. Anhelaba el momento en que esa casa, tan imponente y vacía, se llenara de calidez y amor, convirtiéndose al fin en el hogar que tanto soñó toda su vida.