La habitación permanecía en un silencio sepulcral excepto por el suave tic-tac del reloj en la pared que resonaba de fondo. Miranda se acurrucaba bajo las sábanas, sintiendo el peso de la incertidumbre aplastarla desde todas las direcciones. Cada sonido en la casa la ponía en alerta, pero ahora estaba sola, perdida en sus pensamientos acerca de todos los sucesos. De pronto, se escucharon pasos en el pasillo. La puerta se abrió lentamente, y Seven apareció con una bandeja en las manos. Sobre ella, un té humeante y un sándwich envuelto en una servilleta impecablemente doblada, prolijo como todo lo que hacía él, claro. Su expresión era seria, pero en sus ojos penetrantes se adivinaba algo más: preocupación. —Tienes que comer algo —dijo, cruzando la habitación con pasos seguros y dejando la

