La oscuridad de la habitación era apenas interrumpida por el tenue resplandor de la luz del monitor cardíaco. El ritmo constante y pausado llenaba el aire con un sonido casi hipnótico, un recordatorio de que la vida seguía latiendo en aquel cuerpo frágil y herido sobre la cama. Miranda despertó con una sensación extraña, como si emergiera de un sueño profundo y confuso. Sus párpados pesaban, y su mente luchaba por distinguir la realidad de la nebulosa de imágenes borrosas que se agolpaban en su memoria. Un leve dolor pulsaba en su cabeza y un vacío inquietante en su vientre la hizo tensarse. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar su mirada en la penumbra. A su lado, en un incómodo sillón de hospital, Seven dormía con la cabeza apoyada contra el respaldo. Su postura era tensa, como si

