Capítulo 7 El impostor

1460 Words
Al abrir los ojos, veo imágenes difusas y borrosas. Apenas puedo diferenciar entre lo real y lo imaginario. Un fuerte dolor está a punto de hacerme estallar la cabeza y mi boca se siente seca. A medida que pasan los segundos, mi visión comienza a aclararse. ¿Qué demonio está sucediendo? Trato de hacer memoria, pero mi mente se niega a colaborar. Un hedor a putrefacción y alcantarilla se desliza rápidamente a través de mis fosas nasales. Mi mente tarda en reconocer lo que mi olfato logra en un milisegundo. Un denso escalofrío recorre mi espina dorsal en cuanto descubro que estoy en una de mis mazmorras. Todo está oscuro y en silencio, a excepción de una bombilla que apenas parpadea con dificultad. ―Puede alguien decirme, ¿qué hago aquí? Mi voz se propaga por la celda y poco a poco se va convirtiendo en un eco que se desvanece en la distancia. Intento ponerme de pie, pero el tintineo de unas cadenas me hace comprender lo que está sucediendo. ―¿Por qué demonios estoy encadenado? Forcejeo, en un vano y estúpido intento de liberarme de las ataduras, pero lo único que consigo es lastimarme. Los latidos de mi corazón se precipitan. Cierro los ojos y obligo a mi cabeza a que me dé las respuestas que necesito. Un par de gotas de sudor se deslizan desde mis sienes y aterrizan en la piel de mi pecho, debido al esfuerzo que hago para poder recordar, pero mi mente sigue vacía, como si alguien hubiera extraído todos los recuerdos de ella. Mi mandíbula se contrae y cruje al apretar mis dientes. ―Juro que voy a hacerle pagar con creces a quien quiera que sea que haya hecho esto. De repente, una especie de fogonazos luminosos, cortos y aleatorios, se disparan dentro de mi cabeza. Las imágenes comienzan a aparecer desordenadas, como una especie de rompecabezas sin sentido, pero con rostros que comienzo a reconocer. Antes de que pueda organizar las piezas y encajarlas de forma correcta, escucho pasos acercándose. Giro la cabeza, pero solo consigo ver una forma oscura que, a medida que se aproxima, va tomando forma. ―Siento que nuestras instalaciones no se parezcan a nada de lo que está acostumbrado, Christopher. Lo miro confuso. ―¿Qué está sucediendo, Rory? ―pregunto, desconcertado―. ¿Por qué estoy aquí? Sonríe con cinismo, tira de una silla, la coloca frente a mí y se sienta a horcajadas. Me observa de una manera que me pone inquieto, antes de cruzar los brazos sobre el respaldo de la silla y descansar su mentón sobre ellos. ―¿Cuántas veces te advertí para que dejaras el pasado en paz? ―chasquea su lengua―. Pero nunca me hiciste caso, siempre dispuesto a llevarme la contraria. Lo miro con los ojos entrecerrados. ―¿De qué demonios estás hablando? Se pone de pie, hace la silla a un lado con una patada y se acuclilla frente a mí. ―De tu dulce princesita, esa que siempre fue un estorbo entre nosotros. Como por arte de magia, los recuerdos llegan a mi memoria de un solo golpe. ―¡Maldito hijo de puta! ―vocifero, iracundo―. ¿Qué hiciste con Victoria? Se aparta cuando logro ponerme de pie y me abalanzo sobre él, pero las cadenas me detienen antes de que pueda alcanzarlo. ―¿Esta es la forma de tratar a tu hermano mayor? ―me mira con falsa expresión de desilusión―. Papá, no estaría tan orgulloso de ti si te escuchara en este momento. Estalla en una carcajada que se cuela por mis tímpanos y me hace enfurecer. ―¡Juro que vas a pagar por lo que estás haciendo! Cuando menos me lo espero, me da un puñetazo en el estómago que me deja sin aire en los pulmones. Caigo de rodillas, mientras intento respirar. ―Ya no puedes amenazarme, imbécil ―escupe sobre mi rostro―. Tu reinado llegó a su final. Elevo la cara y lo miro a los ojos. ―Mis hombres jamás me traicionarían ―siseo entre dientes con dificultad. Inhalo profundo y toso cuando siento que me ahogo con mi propia saliva―. Ellos nunca van a obedecerte. Niega con la cabeza. ―Sé que esa partida de imbéciles te será fiel, incluso, después de tu muerte ―ladea su cara y me mira con los ojos desorbitados―. Pero eso ya lo tengo resuelto ―me apunta con su dedo índice y se incorpora―. Hace años que lo vengo preparando, porque sabía que, de un momento a otro, lo ibas a arruinar todo. No comprendo nada de lo que está diciendo. Gira su cara y grita mi nombre. ―¡Christopher! De repente, se escuchan los pasos de una persona acercándose. Mi hermano saca el móvil del bolsillo de su pantalón, enciende la lámpara y la apunta en su dirección. Explayo los ojos debido a la impresión que siento cuando observo el rostro de aquel hombre. ―Christopher ―sonríe divertido al mencionar mi nombre como una burla y mirar al sujeto con una adoración que me da escalofríos―. Te presento a Christopher, mi hermanito. ¡Qué clase de broma macabra es esta! ―¿Quién es este impostor! Rory alza la mano y simula limpiarse una lagaña de su ojo. ―Quedé igual de impresionado que tú cuando lo vi por primera vez ―me dice con una emoción que le brota por los poros, al pasar su brazo por encima de los hombros del sujeto―. Lo seguí por un tiempo, hasta que hice contacto con él ―le da una palmadita en la espalda―. Y, a partir de entonces, me concentré en un único objetivo ―se aleja de él y vuelve a acercarse a mí―. Y, aunque lo de la voz se convirtió en mi mayor problema, pude encontrar una solución que nos facilitó el camino ―sonríe, orgulloso de sí mismo―. No te imaginas de lo avanzada que está la tecnología, déjame mostrarte ―hace un gesto con la cabeza, para que el sujeto se acerque―. Habla y enséñale a mi hermano lo que el poder y el dinero pueden conseguir, si contactas a las personas adecuadas. Aparto la mirada de mi hermano y me concentro en la figura que se acuclilla frente a mí. Pierdo el aliento cuando me mira a los ojos. Es como ver una versión macabra de mí mismo. ―Ya te conocía, Christopher ―mi corazón se detiene al escuchar su voz idéntica a la mía―. Fue complicado poder imitarte y adoptar muchas de tus manías, pero Rory me dio suficiente material para poder conseguirlo ―sonríe, como si esto se tratara de una broma divertida―. Sin embargo, las cosas se complicaron cuando trajiste a tu chica. Con tus hombres no tuve ningún problema ―niega con la cabeza―. Por supuesto, un par de tus hombres estuvieron a punto de descubrirme, pero con la intervención oportuna de tu hermano, no tuve problemas para convencerlos ―hace un además con su mano―. En cambio, la chica si representa una gran dificultad, así que era riesgoso entrar en escena y dejarte dormido cada vez que eran necesarias mis apariciones. Giro la cara y miro a mi hermano. ―¿Qué hiciste? Sonríe y niega con la cabeza. Mete la mano en el bolsillo de su camisa y me muestra una inyectadora. ―Inhabilitarte para que, Rowan, pudiera ocupar tu lugar ―se acerca y le quita la tapa de plástico para descubrir la aguja―. Esta droga es tan potente, que cuando despertabas no recordabas nada ―encoge sus hombros con indiferencia―. Estabas tan distraído con tu agonía amorosa que, suplantarte cada vez que se me antojaba, me resultó demasiado fácil ―una sonrisa arrogante tira de la esquina derecha de su boca―. Nadie tenía dudas de que este hombre ―señala al sujeto con su dedo―. Eras tú. Acerca la inyectadora a mi cuello. ―¡No te vas a salir con la tuya! ¡Maldito traidor! Me toma del pelo y me da un tirón hacia atrás para dominarme y tener fácil acceso hacia la zona de mi cuello. Forcejeo para evitar que me drogue, pero mi sustituto, me neutraliza. ―Ya no te necesito, hermanito ―expresa con emoción―. Vas a quedarte encerrado para siempre en esta celda y, mientras tanto, disfrutaré verte morir como a un maldito perro. Hunde la aguja en mi piel y, en pocos segundos, pierdo la consciencia.
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