Salgo de la habitación, agitado, emocionado y expectante. Tenerla de vuelta en casa, cambia todas mis perspectivas. Sé que va a ser difícil ganarme su confianza después de lo que pasó, pero estoy dispuesto a hacer lo que sea para conseguir su perdón. Sin embargo, hay alguien que parece empeñado en arruinar mis planes.
Abro la puerta de mi oficina de forma brusca.
―¿Puedo saber en qué demonios estabas pensando?
Rory está sentado en mi silla, con las piernas encaramadas sobre mi escritorio, una cruzada sobre la otra. Se saca el cigarrillo de la boca y lo aplasta en el cenicero.
―¿A qué viene tanto drama?
Comenta con fastidio. Me acerco a él, rodeo el escritorio y, de un tirón, lo levanto de la silla.
―¿Secuestrarla? ¡Qué carajo, Rory!
Una sonrisa cínica tira de su boca.
―Me pediste que la trajera ―aparta mis dedos de las solapas de su chaqueta, pasa por mi lado y se dirige al bar―. Así que cumplí tus deseos. ¿No me vas a agradecer el favor que te hice?
Me paso las manos por la cara en señal de frustración.
―Fui claro al decirte que no la forzaras, ¡joder! ¿Por qué te empeñas en hacer las cosas a tu manera?
Toma una botella y sirve dos tragos. Se acerca y me ofrece uno.
―¿Crees que habría venido de otra manera? ―sonríe, pagado de sí mismo―. No olvides que hace mucho tiempo dejaste de ser su persona favorita, Chris ―mezo mi cabello con desesperación, acepto su trago y me lo bebo de un solo empujón―. Además, iba a ser imposible separarla de su familia ―un sonido hueco suena al dejar el vaso sobre la mesa―. Se ve que está muy enamorada del hombre con el que se casó.
Aprieto mis manos en puños.
―¡Ella es mía!
Desde el primer momento en que la vi, me enamoré perdidamente de ella. No puedo perderla otra vez. Haré que lo olvide y, si no puedo lograrlo, desapareceré a ese hombre de la faz de la tierra.
―No olvides que los estuve vigilando, Christopher ―bebe un trago de su vaso, se acerca y me habla cerca del oído―. Parecían unos tortolitos cuando la vi junto a él ―cierro los ojos e inhalo profundo. Mi cuerpo se estremece de pies a cabeza―. Creo que tu golondrina emigró a otras tierras.
Me doy la vuelta y, con un empujón, lo estampo contra la pared. El vaso se resbala de sus dedos y se estrella contra el piso.
―Juro que, si no fuera porque eres mi hermano, hace mucho tiempo estarías muerto.
Espeto con enojo. Me alejo de él y camino hacia la puerta, pero me detengo al escucharlo hablar.
―Cometiste un grave error, al traerla de vuelta, hermano ―percibo cierto reconcomio en sus palabras, sé que nunca vio con buenos ojos a Victoria, pero jamás entendí su resentimiento en contra de la mujer que amaba―. Debiste olvidarte de ella cuando huyó de esta casa sin mirar atrás. Esa mujer solo traerá problemas.
Su comentario se filtra a través de mis venas como un veneno ponzoñoso. Furioso, abandono la oficina y salgo de mi propiedad. La presión en mi pecho se incrementa, mis pulmones arden por la falta de oxígeno y mis sienes palpitan con desenfreno. Hundo mis dedos por detrás del nudo de la corbata y me la quito de un tirón. De igual manera, desprendo los dos primeros de mi camisa. Quizás Rory tenga razón, debí dejar el pasado quieto, olvidarme de ella y seguir adelante con mi vida. Apoyo las manos en mis caderas y dejo caer la cabeza hacia atrás. Fijo la mirada en el cielo y recuerdo el día en que Victoria llegó a mi vida…
Nueve años atrás
Ingreso a la discoteca, escoltado por mi grupo de seguridad. Hoy ha sido un día de mierda, quizás uno de los peores de toda mi vida. ¡Qué maldito destino el mío! Fui forzado a ser alguien que no era. A vivir una vida que otros me impusieron.
―Bienvenido, señor.
Este no es el tipo de ambiente al que suelo venir, pero hoy es uno de esos días de los que quiero escapar del mundo. Estoy ansioso, enojado y frustrado. La vida ya no me ofrece ningún tipo de emociones. Es como si de repente el mundo hubiera perdido sus colores y se tiñera de grises, blancos y negros. No existe diferencia entre las noches y los días, y las horas no tienen principio ni final. Es un círculo vicioso que se repite sin parar, que no me da tregua y se perpetúa con el tiempo. ¿Qué me está pasando?
―Necesito un lugar privado, con vista privilegiada y en el que nadie me moleste ―el sujeto me mira como si no entendiera mi idioma―. ¿Qué parte no comprendiste de lo que acabo de pedir?
Sí, lo admito, estoy de un humor de mierda. El joven palidece al notar la expresión de mi rostro.
―Eh, por su puesto, señor ―balbucea, nervioso―. Tengo un reservado privado que puede gustarle. Sígame, por favor.
Atravesamos la pista, intentando evadir un rio de cuerpos sudorosos que se mueven al compás de la música. Comienzo a pensar que fue mala idea venir aquí, pero ya es tarde para dar marcha atrás.
―Espero que este lugar esté acorde con sus exigencias.
Abandono mis pensamientos y le doy un vistazo rápido a los alrededores.
―Tráeme una botella del mejor whisky que tengas.
Ladro la orden como un perro.
―Por supuesto, señor. Enviaré a una de nuestras anfitrionas para que se encargue exclusivamente de su atención.
Suelto los botones de mi chaqueta y me acomodo en una de las butacas. Desde este sitio tengo una vista privilegiada de la pista. Lo mejor de todo, es que nadie va a molestarme. Mi teléfono comienza a sonar con insistencia. Sé de quien se trata con solo escuchar el tono, pero esta noche no tengo ganas de soportar sus impertinencias. Saco el móvil de mi bolsillo y lo apago. Hoy solo quiero ser yo, el hombre que nunca podré ser. Un día de libertad en una prisión de la que nunca podré escapar.
―Buenas noches, señor. Mi nombre es Victoria. Estoy aquí para servirle.
Aquella hermosa voz me expulsa de mis pensamientos. Observo la menuda figura de la chica de cabellera dorada que, a duras penas, puede sostener la bandeja que trae entre sus manos.
―Victoria…
Su nombre se desliza entre mis labios como algodón de azúcar. Eleva su cara y, en el instante en que nuestras miradas se conectan, me quedo sin respiración. El mundo desaparece a nuestro alrededor, solo somos nosotros dos. Aparto las bandejas de sus manos, la dejo en la mesa y me pongo de pie.
―¿Nos conocemos?
Pregunta, confusa. Me acerco, desaparezco la distancia que nos separa, elevo la mano y la apoyo en su mejilla.
―¿Crees en el destino? ¿En que todos somos parte de algo más grande que rige nuestras vidas y nos ubica en el lugar exacto en el que debemos estar?
Me mira con esos ojazos azules que se asemejan al color de las aguas del mar.
―Hace mucho que dejé de creer en muchas cosas ―niega con la cabeza―. He aprendido a labrar mi propio camino.
Sonrío, cierro los ojos y aprecio la manera en la que palpita mi corazón. Nunca sentí nada como esto.
―¿Qué te parece si vienes conmigo? ―apoyo mi frente en la suya―. Y construyamos juntos nuestro propio destino ―ahueco su rostro entre mis manos y la miro a los ojos―. Te ofrezco mi corazón.
Me observa con mirada insegura, durante largos segundos antes de responder.
―Acepto ―sus ojos se anegan de lágrimas―. Y a cambio te doy el mío y mi amor incondicional.
Abro los ojos y doy un paso atrás. No voy a renunciar hasta que me diga el motivo por el que dejó de creer en nosotros. Me doy la vuelta, ingreso a la casa y atravieso la sala como un vendaval. Subo los escalones de dos en dos y abro la puerta de la habitación sin anunciarme. Siento mi pecho como si acabara de correr un maratón. Pongo mi atención en la mujer que me mira con odio y resentimiento.
―Déjanos solos, Rosalía.
Ella me mira con ojos suplicantes, antes de irse.
―¡Maldito hijo de puta! ¿Por qué me haces esto? ¿No tuviste suficiente con arruinarme la vida?
Se abalanza sobre mí y comienza a golpear mi pecho con sus puños. No me queda otra opción que, sujetarla de las muñecas y ubicar sus brazos detrás de su espalda para contenerla.
―No me dejaste otra alternativa.
Susurro al pie de su oído. Tenerla entre mis brazos crea una ruptura entre el hombre que fui después de su partida y el que soy ahora que está de regreso.
―No tenías derecho a mentirme de esta manera ―solloza desconsolada―. Me hiciste creer que mi hijo estaba muerto.
Entrecierro los ojos con confusión. ¿De qué está hablando? Me aparto de ella y la miro a los ojos.
―¿Qué estás diciendo? ―niego con la cabeza―. Me abandonaste pocas horas después de que diste a luz, mientras tu hijo se debatía entre la vida y la muerte ―no es mi intención de que mis palabras suenen como un reproche, pero creo que este es el momento de decirnos unas cuantas verdades―. Ni siquiera te despediste de mí ―el tono de mi voz va en aumento―. ¡Me dejaste una carta en la que me confesabas que te ibas con el hombre que amabas! ¡Qué nunca signifiqué nada para ti!
Esta vez es ella la que me mira como si me hubiera vuelto loco.
―¿De qué carta estás hablando?
Meto la mano en mi bolsillo de mi chaqueta, saco la hoja de papel doblada y se la ofrezco.
―La he llevado conmigo desde el día que la encontré.
Con manos temblorosas, desdobla la hoja y lee el contenido.
―Esta parece mi letra ―me mira con los ojos entrecerrados―, pero no fui yo quien la escribió.
De repente, una voz interrumpe nuestra conversación. Ambos giramos nuestros rostros hacia el mismo lugar.
―Te dije que traerla de vuelta era una mala idea, hermano ―en ese momento un grupo de mis hombres entra a la habitación―. Pero tienes la maldita mala costumbre de no escucharme.
¿Qué carajos está pasando? Cuando menos me lo espero, mis propios hombres se abalanzan sobre mí y me someten.
―¡¿Qué están haciendo?
Tirado boca abajo sobre el piso, mi hermano se acerca y se acuclilla frente a mí.
―Acabo de relegarte del cargo, Christopher. De ahora en adelante soy yo el que llevará las riendas de esta organización.