5.

1515 Words
Ella cree estar donde debe, pero ¿qué sabe Anya si ese sitio es de fácil acceso para ella? Avanza, orgullosa de cada paso y esperanzada de que ya empezará a reunir pistas sobre los próximos pasos de Kai. Mira con atención todo a la vez que respira hondo, tratando de procesar los imágenes que se proyectan ante ella. El club es un abismo de indulgencia sin límites, un lugar donde la línea entre el placer y el dolor se borra por completo. Para una mujer que nunca ha experimentado la intimidad física, es un choque sensorial abrumador. La primera escena que detalla por más tiempo del que pudiese controlar es la de sumisos se arrodillan ante sus dominantes, implorando por castigo o recompensa. El aire está cargado de gemidos reprimidos y el chasquido de los látigos provocando que Anya sienta algo extraño dentro. Más escenas se desplazan ante ellas: hombres azotando duro el coño de una mujer mientras ella aceptan gustosa tal acto. Reprime esta escena y se apresura en seguir. Una mujer es suspendida del techo con cuerdas mientras un hombre la lame. Aquí vuelve a detenerse y mantiene su mirada por más tiempo. Cosas le provocan molestia, pero otras, le otorgan una sensación que jamás había conocido en su cuerpo. Pasa unas puertas dobles y se encuentra con un pasillo largo y estrecho, iluminado con luces rojas parpadeantes. La primera estancia, que es más de lo que ella ha visto es colectivo. Los juegos pueden ser con todos, solo debes elegir o unirte si ya alguien está en acción y quisieras participar. Detrás de las puertas de caoba han estancias más reservadas, más exclusivas, cada una con una mirilla a través de la cual se pueden vislumbrar escenas aún más explícitas y perturbadoras. Anya mira por una mirilla y ve una habitación llena de espejos que reflejan un cuerpo desnudo en múltiples ángulos. Una mujer atada a una cruz gime mientras un hombre la azota con un látigo. En otra estancia, observa a un hombre vestido de payaso torturando a una mujer con una descarga eléctrica. La mujer grita y se retuerce, pero el payaso solo se ríe. En la última habitación, hay un hombre vertiendo cera caliente sobre el cuerpo de una mujer. La mujer permanece inmóvil, con una expresión de éxtasis en su rostro. Aquí, las fantasías más oscuras se hacen realidad, sin restricciones ni límites. Sigue y se encuentra con un escenario elevado, donde los cuerpos se exhiben y se someten al juicio del público. Los sumisos son despojados de su dignidad, mientras que los dominantes disfrutan de su poder y control. Este acto no le asienta. Un juego donde los dominantes se hacían buscar después de dejar varios obstáculos que impedían los pasos de los sumisos, obstáculos que parecían infligir dolor. Sin embargo, Anya nota como se guían por sus sentidos, buscando el placer en el dolor y la satisfacción en la sumisión. Anya observa todo con una mezcla de fascinación y repulsión, a la misma medida. Ve la desesperación en los ojos de los sumisos, la crueldad en las sonrisas de los dominantes y la excitación palpable en el aire. Se pregunta cómo alguien puede encontrar placer en esto, cómo alguien puede renunciar a su libertad y su dignidad. Después de recorrer varias salas, Anya encuentra una puerta discreta, custodiada por dos hombres corpulentos con trajes negros. Se presenta ante ellos y ellos se observan. Escucha a través de la puerta gemidos y el sonido de cadenas. Su corazón se acelera sin quererlo. Teclean algo en un iPad y finalmente le dan paso. La habitación de Kai es más grande y más opulenta que las demás, pero también más perturbadora. Las paredes están cubiertas de cuero n***o, y el suelo está alfombrado con piel de animal. En el centro de la habitación, hay una plataforma elevada, donde una mujer desnuda está atada a una estructura de metal retorcida. Su cuerpo está cubierto de cicatrices y moretones, y su rostro está lleno de lágrimas. Kai está de espaldas a la puerta, de pie frente a la plataforma. Lleva un traje de cuero n***o y un antifaz que le cubre los ojos. Tiene un látigo en la mano y lo balancea con sadismo, golpeando el cuerpo de la mujer una y otra vez. La mujer grita y se retuerce, pero Kai no se detiene. Parece disfrutar de su sufrimiento, deleitándose con su dolor. En la mesa cercana, Anya ve una variedad de instrumentos de tortura: látigos, cadenas, tenazas, pinzas, cuchillos y agujas. Cada uno de ellos parece haber sido utilizado en el cuerpo de la mujer. Las paredes están llenas de cámaras de vigilancia, que graban cada movimiento en la habitación. Kai parece querer documentar su sadismo, como si fuera una forma de arte. En una esquina, hay un trono elevado, donde Kai puede sentarse y observar su obra. El trono está hecho de huesos humanos, un símbolo de su poder y dominio. Anya busca un lugar para esconderse y observa a Kai desde las sombras. Se esconde detrás de un cortinaje pesado, tratando de controlar su respiración y evitar hacer ruido. Su corazón late con fuerza, y sus manos tiemblan ante la cosas que observa. No porque tenga miedo, sino porque es la primera vez que ve algo referente al sexo, pero de una forma que sobrepasa los límites. Kai continúa torturando a la mujer, sin darse cuenta de la presencia de Anya. Anya observa todo con horror, sintiendo una mezcla de repulsión y fascinación. Se pregunta quién es esta mujer, por qué está aquí y qué ha hecho para merecer este castigo. Anya sabe que debe obtener pruebas de las actividades de Kai, pero también siente la necesidad de ayudar a la mujer. Se encuentra en una situación peligrosa y debe tomar una decisión: arriesgar su misión para salvar a una víctima o seguir adelante con su plan y obtener la información que necesita. Entonces sucede lo que no se imaginaba, la mujer gime. Anya se queda estupefacta. Él había tomado un cuenco lleno de cubitos de hielo y se situó frente a ella. Comenzó a dejar caer los cubitos de hielo sobre su piel, uno por uno, con una precisión metódica. Primero en el cuello, luego en el pecho, el vientre, las piernas. El sudor frío le resbala a Anya por la espalda mientras observa. Ya no era curiosidad lo que sentía, sino una mezcla de fascinación y repulsión. Él, con una calma escalofriante, preparaba el cuerpo de ella tras haberla dañado antes. La piel de la mujer se eriza al instante, y un jadeo ahogado escapa de sus labios. La pelinegra se estremece. El simple tacto del hielo, según Anya, era incómodo con el clima que había. ¿Cómo podía ella soportarlo, y aún más, disfrutarlo? —indaga en su mente Anya. El toma un cepillo de cerdas duras y comienza a cepillar su piel con fuerza, recorriendo cada centímetro con una intensidad implacable. La piel de ella se enrojece al instante, pero ella no grita. Solo aprieta los dientes y se retuerce ligeramente. Anya sentía el ardor en su propia piel, imaginando la fricción implacable del cepillo. Él se detiene y toma un objeto extraño: una pinza de ropa. Se acerca a ella y, con una delicadeza sorprendente, coloca la pinza en uno de sus pezones. Luego, colocó otra en el otro pezón. Y luego, una tercera en su labio inferior. La pelinegra siente un escalofrío recorrer su columna vertebral. La idea de tener algo sujetando sus pezones era insoportable. La mujer atada respiraba con dificultad, pero no emitía ningún sonido. Él toma un látigo delgado y flexible, y lo desliza suavemente sobre su abdomen, sin golpearla. Era solo el roce de la seda contra la piel, pero la tensión en la habitación era palpable. La mujer arquea la espalda, y un gemido bajo y gutural escapa de sus labios. Entonces, él comienza a hablar. No son palabras dulces ni halagos. Son órdenes frías y despiadadas, exigencias humillantes, insultos calculados. La pelinegra siente un nudo en el estómago. ¿Cómo puede alguien excitarse con eso? ¿Con ser degradada, sometida a la voluntad de otro? Se pregunta internamente Anya, pero ella descubriría la respuesta. Ve algo que la desconcierta aún más: una pequeña sonrisa formándose en los labios de la mujer atada, un brillo de excitación en sus ojos, a pesar de la venda, una entrega total, una confianza absoluta en el hombre que la estaba torturando con placer. Anya se aleja se aleja de la cortina sintiéndose mareada y confundida. No entiende nada. ¿Cómo podía el dolor convertirse en placer? ¿Cómo podía la humillación ser excitante? ¿Cómo podía la sumisión ser liberadora? Pero en lo más profundo de su ser, algo había cambiado. La curiosidad se había transformado en una inquietud profunda, una pregunta que no sabía cómo responder. Y, al mismo tiempo, una chispa de deseo inconfesable había comenzado a arder en su interior. Una semilla de oscuridad y placer prohibido, plantada en el suelo fértil de la ignorancia.
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