En los días que siguieron Lucero poco a poco se integró a su vida cotidiana o casi, la única diferencia fue que le solicito a su madre que volviera a ser la cabeza de la familia, ya que ella no se sentía con las fuerzas de ocupar ese lugar, no cuando aún no sabía qué hacer con su dolor, Kimberly acepto, no pensaba contradecir a su hija, no cuando se sentía la responsable por la muerte de su nieto. — ¿En qué piensas? — dijo una tarde Dulce, quien ya cursaba los ocho meses de embarazo. — En Esperanza. — ¿La pelirroja? ¿Qué con ella? — No puedo creer que la acusen de ayudar a escapar a la emperatriz. — Tu madre ya te dijo que no debes preocuparte por ello, no es tu problema. — y no era el único problema que había, pero eso Lucero no lo sabría, así lo habían decidido Eros y Kimberly. — C

