No me había dado cuenta ni de cómo había llegado a mi auto. Estaba sentado frente al volante con la mirada perdida y la vista en blanco, para mí, el mundo había dejado de girar y todo pasaba con movimientos rápidos ante mis ojos, movimientos apenas perceptibles para mi cerebro casi colapsado. Mantuve las manos en el volante, apretándolo tan fuerte que los nudillos se me pusieron blancos. No sabía con exactitud cuantos minutos u horas había pasado dentro del auto con nada más que mi tristeza y desesperación alimentándose de mi como si fuera un postre recién servido, parecía un maniquí porque literalmente no me movía para nada, incluso mi respiración se había ralentizado tanto que parecía que no me movía para nada, mis ojos estaban aguados pero ni una sola lagrima salía de ellos, es como si

