La decisión de unir su vida a la de Elena no era más que una jugada calculada, pero el eco de ese compromiso resonaba en su mente como un recordatorio de las cadenas que había aceptado voluntariamente. Mientras se dirigía al bar, vestido con su impecable traje n***o, Fernando no mostraba ni rastro de duda en su expresión. Sin embargo, en su interior, algo le incomodaba, una sombra de desagrado que no permitía ignorar del todo la grieta que ese movimiento estratégico había dejado en su control absoluto.
El bullicio del bar, con su música vibrante y las carcajadas desmedidas de sus amigos, apenas le rozaba. Caminó con paso firme, su aura dominante silenciando las conversaciones a su alrededor. A pesar de las luces cálidas que ofrecían un ambiente acogedor, Fernando era un contraste absoluto: frío, sereno y calculador.
Fue Esteban quien rompió la tensión en cuanto lo vio aparecer, alzando su copa en un gesto cargado de sorna.
—¡Miren quién llegó! El flamante esposo —dijo, con una sonrisa que intentaba ser provocadora—. Dime, Fernando, ¿cómo se siente atarse a la rutina para siempre?
Fernando respondió con una sonrisa apenas perceptible, una curva arrogante en sus labios que hacía que los demás no supieran si estaban seguros o en peligro.
—Una rutina bien elegida puede ser más interesante que cualquier caos, ¿no crees? —respondió con una suavidad glacial, mientras sus ojos se clavaban en Esteban, obligándolo a sostener la mirada por más tiempo del que parecía cómodo.
Las respuestas de los demás fueron corteses, nerviosas incluso. Sin embargo, Esteban, decidido a probar suerte, insistió con otro dardo.
—¿Y qué? ¿Feliz de compartir tu vida con una maestra? ¿No echas de menos tu libertad?
Fernando dejó su copa sobre la barra con una calma estudiada, sus dedos rozando el vidrio mientras levantaba la mirada. Una chispa peligrosa se encendió en sus ojos, pero su voz se mantuvo suave, casi amistosa.
—La libertad es un concepto sobrevalorado, Esteban. Algunos nacemos para liderar, otros para anhelarla. No sé en cuál grupo te encuentres tú.
El silencio que siguió cayó como un peso en el ambiente, y Esteban, aunque mantenía la sonrisa, desvió la mirada. Las risas nerviosas que surgieron del grupo no hicieron más que confirmar lo que Fernando ya sabía: ninguno de ellos podía enfrentarlo realmente. Sin embargo, detrás de la fachada imperturbable, las palabras de Esteban habían alcanzado un punto vulnerable, uno que Fernando no admitiría siquiera ante sí mismo.
El eco de las dudas que lo rondaban, enterradas bajo su máscara de seguridad, resonaba con fuerza. Pero Fernando, experto en el arte de la apariencia, no permitió que nadie lo notara.
Se apartó del grupo con un movimiento deliberado, dirigiéndose a la barra. Allí, apoyó los codos sobre la madera pulida, sus ojos siguiendo las luces parpadeantes del lugar. Tomó un sorbo de su bebida y dejó escapar un suspiro lento, como quien calcula su próximo movimiento en un tablero de ajedrez.
¿Es esto lo que quiero? La pregunta surgió, fría y serena, como si no fuera suya. Fernando sabía que Elena era solo una pieza más en su juego, una llave hacia lo que realmente anhelaba. Pero las grietas en su resolución, pequeñas pero constantes, lo irritaban más que la burla de Esteban o las risas cómplices.
En el fondo, la herencia no era lo único que le atraía de Elena, y ese reconocimiento, por efímero que fuera, lo incomodaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Con un movimiento calculado, se ajustó el puño del traje y dejó su copa sobre la barra. No había tiempo para debilidades, ni siquiera en sus propios pensamientos. Las risas a su espalda se desvanecían como ecos lejanos mientras Fernando retomaba el control, su sonrisa arrogante intacta, como un recordatorio de que, al final, siempre sería él quien moviera las piezas.