Carecían de dudas y todo lo que hacían era tanto implacable como justo; así eran los Ópalo.
Dentro de las habitaciones más lujosas del norte, los Ópalo más influyentes se susurraban entre sí dentro de una gran reunión especial en la cual no participaba cualquier enclenque. Dentro del grupo se encontraban miembros de la realeza, incluidos por supuesto el rey y la reina.
El tema a discutir esa tarde era de lo más importante. En cuanto se mencionó en la mesa, todos los presentes pararon de comer y tomar. Era una situación de espanto que debía tomarse con inteligencia, y bien que sabía mucho de ser inteligente el rey Alexander.
—¿Esto puede considerarse como una traición? —preguntaba uno de los nobles con cierto desespero. La verdad era que este individuo se morí de ganas por escuchar un «sí» de parte de su soberano.
—No... aún no —respondió el rey Alexander y la mujer que le acompañaba a su lado, habló con autoridad:
—Sea cual sea la razón por la cual Margaret no nos ha comunicado esto, estamos completamente seguros de que es porque esta ha decidido que no requiere tanta atención como para comunicarnoslo —la reina Emilia suspiró hastiada de responder a ese terrible comentario—. La reina Margaret de los Zafiro es una mujer realmente confiable para este gobierno. Sé que si le preguntábamos está respondería de inmediato respetando nuestro acuerdo.
—Pff, el «acuerdo». Esa mujer es una daga esperando a encontrarse con un cuello descubierto. ¡Nos degollará a todos cuando tenga la oportunidad! !ya veréis! —se quejó el cura de la capital del reino, Efrain se llamaba él, y era todo un criticón oportunista. Seguro Dios se avergonzaba de que tal persona se la pasara hablando en su nombre—. Creedme, esto es algo que debe tomarse por los cuernos. Sí... ¡sí! ¡esto trae cuernos por qué es obra del demonio!
La reina Emilia le miró con desagrado.
—Margaret es una buena amiga de nosotros, especialmente mía —contradijo el rey Alexander—. Yo también puedo asegurar que esto es un malentendido. Después de todo, ¿cómo podéis creer que de la nada ha aparecido alguien de la ex-nación de hierro? Ha de ser un error del sistema de identificación, que ha confundido el número de acceso de algún ciudadano Zafiro con un antiguo guerrero de Hierro... que en paz descanse.
—¡Sois muy ingenuos! —saltó a gritar Efrain con las mangas de su túnica violeta revoloteando cada vez que este movía los brazos para enfatizar el drama— No sería la primera vez que la reina Margaret os oculta algo. ¿Es que no fue así como los ha engañado esa serpiente, Ágata?
—La reina Ágata —rechistó Emilia.
—Ese demonio no se merece ser llamada reina —continuó el cura—, y el hecho de que sigáis permitiendo que use ese título es tan sospechoso como que yo me esconda con el vino, ¿o que no?
Los presentes volvieron a susurrarse entre sí.
—Tus acusaciones son indignantes —dijo un joven de cabello castaño que, como guardia, no tenía permitido hablar durante la reunión. El guardia a su lado trató de tomarle del brazo para aconsejarle que se callara y retractara de su comentario, más este chico de rizos y piel amarillenta no se hizo atrás con su opinión.
—¿Y tú quien eres, muchachillo entrometido? —vociferó Efrain apoyándose sobre la mesa de la habitación.
El joven tragó saliva pensando en una respuesta, más había captado la atención de los reyes de una forma muy distinta a la que se creía en aquella reunión.
—Yo no soy más que un defensor, pero...
—Pues yo soy alguien a quien no debes contradecir bajo ninguna circunstancia si no quieres que te acuse de... ¡de lo que sea! ¡irrespetuoso!
—¡Usted es el irrespetuoso! —dijo el de cabello café, la verdad es que parecía bastante joven incluso para usar la armadura lila translúcido. El collarín de ópalos que iba en su cuello representaba muy bien a la nación— ¡cómo se atreve a acusar de sospechosos a mis señores! Aunque yo esté por debajo suyo... ¡usted está enterrado al comparar su posición con la de ellos! ¡así que cierre la boca y guarde silencio a lo que el rey y la reina le dicen! ¡porque si le ponen precio a su cabeza por desacato, yo seré el primero en buscarle! —gritó.
Todos los nobles del lugar le lanzaron miradas de rechazo, ¿cómo podría alguien amenazar a un m*****o de la iglesia? Aquello merecía un castigo sin perdón; más Everard fue un guardia con suerte.
Porque el rey Alexander y la reina Emilia se rieron por lo bajo.
—Efrain, ¡ja, ja, ja! —comenzó a decir Emilia quitándose la diadema—; Margaret nos hablará pronto, no desesperes.
El cura negó con la cabeza.
—Estáis comentiendo un error fatal —dijo, y seguido de esto salió del salón dando pistones con una mueca de enfado en el rostro. Qué inmaduro.
Y mientras esto sucedía, los reyes veían al guardia Everard con aprobación.