Capítulo 19

548 Words
Llegando al mercado, en el centro de la capital; Ruth, Elena, Ezequiel y Margaret se acercaban al gran gentío que allí se encontraba, todos unos encima de otros, todos furiosos con quién se encontraba en el medio. En el centro, Zacarías se quitó su casco y respiró profundo bajo los insultos del pueblo. ¿Que había hecho mal el joven rubio además de llevar la armadura de la muerte? —Parad, por favor —pidió el soldado Rubí alzando ambas manos inocentemente—, no he venido más que a dialogar —dijo—. ¿Es que acaso ya no se está permitido pedir un inofensivo favor en esta nación? —cuestionó casi con burla. —Por supuesto que está permitido —interrumpió la soberana de los Zafiro, esto con el mentón en alto y una expresión cargada de carácter. No muy lejos del alboroto se encontraba Eugene controlando a las masas, esto junto con otros guardias reales. Los presentes susurraron entre ellos mientras se inclinaban levemente o mostraban alguna señal de respeto hacia Margaret. Por otro lado, ella les sonrió a todos y mostró la bandeja entre sus manos antes de decir: —Si que estoy agradecida de tener a gente tan buena cerca de mi, tan buena como para defenderme. La reina se paseó alrededor del intruso. —Buenas tardes, muchacho. ¿Qué es lo que vienes a buscar de este lado del mapa? ¿uh? —le preguntó la elegante mujer a Zacarías sin dejar de pasear detrás de él, volviendo a su vista y perdiéndose otra vez. —Reina Margaret, qué alivio —y Zacarías hipocritamente reverenció a la contraria—. Señora, yo no vengo más que a pedirle un favor. Se lo pido —fingió angustia—, le pido que no me.castigue por cruzar los límites de sus tierra de esta forma. Margaret alzó una ceja, pero lo hizo de broma. —Toma uno —le ofreció una magdalena al soldado de cristales rojos, y este abrió los ojos con sorpresa. ¿La reina enemiga le ofrecía un dulce casero de sus propias manos? ¡jamás lo habría imaginado! ¡qué locura! Y sin embargo... Zacarías tomó un panecillo y lo mordió agradecido. La gente, chismosa y extrañada, veían la escena con aprobación; su reina, Margaret, acababa de convertirse en un ángel glorioso. ¡La reina le ha dado de comer al enemigo, que está armado pero rodeado! ¡hurra! —¿Cómo has cruzado la frontera? —Atravesé el bosque —respondió Zacarías con obediencia—. Sé muy bien que es irrespetuoso, ¡pero es una emergencia! —chilló el joven a modo de falsas súplicas. —¿Qué puede ser tan importante como para que vengas hasta aquí de una forma tan peligrosa? —Margaret frunció el ceño. —¡Estoy huyendo! —mintió Zacarías—. Esa mujer, Ágata, ¡enloqueció y quiso degollarme! ¡me.condenó a la horca! Los pueblerinos jadearon con horror, y sintieron mucha pena... ¡qué horrible está la reina de los Rubíes! ¡condenado a sus propios guardias fieles y vulnerables! ¡Rubios y bonitos! Margaret le veía sin poder creer lo que escuchaba, estaba igual de horrorizada, bastante ingenia por una vez en la vida. —Sígueme —le ordenó.
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