Cada vez que se podía, Ágata tocaba una nueva sonata en su gran y elegante piano. En cada esquina del reino debía saberse; la música de la reina no era la única que se les tenía permitido oír, pero si la más hermosa, por ley. ¡Así era! Por obligación el pueblo Rubí debía decir, hacer, sentir y vivir la música de su reina alegando a que esta era la más hermosa que podían encontrarse y, esa tarde, Miri-Miri era la encargada de asegurarse de que las notas del piano fueran escuchadas ahí, en la gran reunión abierta a los pueblerinos ubicada en el grandísimo salón del palacio Rubí. Ágata era la atracción principal. Siempre era inspirador el mensaje que la reina de los Rubíes soltaba delante de su gente y lo más impresionante era el cómo lo hacía sin fanfarronear, sin siquiera contar hazañas,

