Ruth se tambaleaba por todo el camino, mientras el sol salía y Elena le escoltaba a través de la luz mañanera. Las piernas de la joven dolían, como un calambre espantoso que subía desde sus rodillas hasta sus muslos; ¿quién no se sentiría así después de saltar de un segundo piso? —¿Parece que estoy cojeando? —preguntó la morena aterrada, pues por un momento sintió la presión de sus rodillas hacerse más notable. —¿Cómo? —cuestionó Elena alzando una ceja y detuvo la marcha— ¿Aún te duelen las piernas? Ah... demonios. No parece que cojees, estás caminando bien. De haber sabido que te siguen doliendo habríamos hecho una parada hace rato. —¿Qué esperabas después de empujarme desprevenida de un segundo piso? —preguntó Ruth, pero su tono fue dócil, sin ánimos de acusar a nadie—. Estoy haciend

