Capítulo: Quiero el divorcio

1107 Words
Al día siguiente. Tiana abrió los ojos apenas un segundo, y ese breve instante fue suficiente para que el mundo se le viniera encima con una violencia insoportable. No sabía dónde estaba. La luz blanca y opaca del techo le hirió los ojos como una bofetada. Parpadeó instintivamente, pero el ardor no cedió. El aire tenía un olor metálico, penetrante, mezclado con desinfectante, y le revolvió el estómago al instante. Una náusea espesa se le quedó atrapada en la garganta. Intentó tragar saliva, pero la boca la tenía seca, amarga, como si hubiera pasado días enteros sin probar agua. Su cuerpo no respondía. Sentía los miembros pesados, ajenos, como si ya no le pertenecieran. Cada respiración era lenta, dolorosa, forzada, y le costaba llenar los pulmones. Al intentar incorporarse, un dolor agudo, cruel, le atravesó el brazo como una descarga eléctrica. Un gemido se le escapó sin poder evitarlo, bajo, ahogado, cargado de angustia. Cerró los ojos con fuerza, esperando que todo fuera una pesadilla. Pero cuando volvió a abrirlos, la realidad seguía allí. Parpadeó varias veces, obligándose a enfocar. La habitación tomó forma poco a poco: paredes blancas, una cortina corrida, el pitido constante de una máquina que marcaba su pulso. Entonces lo vio. Isidro estaba sentado junto a la cama, en una silla sencilla, con las piernas ligeramente abiertas y los codos apoyados sobre los muslos. La observaba en silencio, con esa expresión que pretendía ser preocupación. Esa mirada ensayada tantas veces frente a ella y frente al mundo. Una máscara pulida a la perfección. El corazón de Tiana dio un vuelco violento. Los recuerdos regresaron sin pedir permiso, como una avalancha imposible de detener: el fuego extendiéndose con furia, el humo n***o cerrándole la garganta, los gritos, el caos, el pánico. El dolor abrasador. El miedo absoluto. Y después… la oscuridad. —Tiana… —dijo Isidro al notar que había despertado—. ¿Cómo te sientes? Su voz era suave, casi cariñosa. Esa misma voz que durante años la había hecho dudar de sí misma. La rabia brotó al instante. Ardiente. Incontrolable. —¿Qué haces aquí? —escupió ella, con la garganta seca y rota—. No quiero verte. ¡Lárgate! Isidro frunció ligeramente el ceño, como si su reacción lo hubiera tomado por sorpresa. Pero en el fondo, Tiana supo que lo esperaba. Siempre había esperado resistencia… solo para aplastarla después. —No seas grosera —respondió, forzando la calma—. Por favor. Estoy aquí para cuidarte. Voy a compensarte por todo. Ella lo miró fijamente, como si lo estuviera viendo por primera vez. Y en ese instante algo se rompió dentro de ella de manera definitiva. Comprendió, con una claridad cruel, que ya no quedaba nada del amor que alguna vez sintió por él. No había nostalgia. No había ternura. Solo asco. Solo furia. —No me toques —gruñó. Isidro ignoró la advertencia. Se inclinó hacia ella con naturalidad, como si aún tuviera derecho sobre su cuerpo, e intentó rozarle el brazo. Tiana se apartó de golpe. El dolor fue inmediato, brutal. Un quejido involuntario escapó de sus labios y la visión se le nubló por un segundo. Fue entonces cuando lo vio. Su brazo, una pequeña parte antes del codo, estaba vendado, cubierto por capas de gasas blancas que ocultaban algo más que una herida superficial. El presentimiento la atravesó como un cuchillo helado. —¿Qué… qué me pasó? —preguntó, con la voz temblorosa. Isidro dudó. Solo un segundo. Pero ese segundo fue suficiente para confirmarlo todo. Negó con la cabeza, fingiendo tranquilidad. —Es solo una herida —dijo—. Va a curarse. No te preocupes. Compraré la pomada más cara del mercado para que no quede ni cicatriz. Tiana lo miró con una intensidad que lo incomodó. —¡¿Qué me pasó?! —exclamó, alzando la voz. Lo sabía. Lo sentía. Ella no se había lastimado así durante el incendio. Esa herida no era un accidente. No era casualidad. Isidro desvió la mirada. —Candy… —empezó—. Candy se hirió. Sufrió una quemadura profunda. Y tú… tú estabas bien. El silencio que siguió fue asfixiante. —Candy quería tu piel —continuó él, con voz baja, casi justificándose—. Ella es modelo profesional, lo sabes. Necesitaba esa piel. El mundo de Tiana se quebró en mil pedazos. La bofetada resonó en la habitación con un sonido seco, violento. El dolor recorrió su brazo, pero no le importó. Necesitaba golpearlo. Necesitaba descargar todo el odio que le quemaba el pecho. —¡Bastardo! —gritó—. ¿Cómo pudiste hacerme esto? Isidro se levantó de golpe, el rostro endurecido, la paciencia agotada. —¡Cálmate! —ordenó—. No exageres. Voy a compensarte. Escúchame bien. Se acercó con esa seguridad arrogante que siempre había usado para dominarla. —Te traeré regalos. Dinero. Propiedades. Todo lo que quieras. Incluso… —hizo una pausa— si quieres, puedo dormir en tu cama. ¿No era eso lo que tanto querías? Tiana comenzó a reír. Una risa rota, amarga, que pronto se transformó en llanto. Las lágrimas rodaron por su rostro sin control, quemándole la piel. —¿Sabes qué es lo peor? —dijo entre risas y sollozos—. Que alguna vez te amé. Se incorporó lo suficiente para escupirle en la cara. Isidro retrocedió, sorprendido, humillado. —No quiero nada de ti —continuó ella—. Mucho menos compartir tu cama. Antes te amé… ahora solo me das asco. Lo miró con un odio puro, afilado. —Solo hay una cosa que quiero de ti: el maldito divorcio. Los ojos de Isidro se abrieron, incrédulos. —¡Deja de decir tonterías! —rugió—. Mira lo que he traído para ti. Hizo un gesto, y varios guardias entraron cargando cajas llenas de joyas, documentos y escrituras. Tiana se levantó con esfuerzo, ignorando el dolor, caminó hasta la ventana y lanzó las joyas al vacío, una por una, desde el séptimo piso. Luego rompió cada papel sin piedad. —¡No quiero nada de ti! —gritó—. ¡Solo el divorcio! Isidro la miró, herido en su orgullo. —Me amas demasiado para dejarme —dijo—. Yo te cuidaré. Ahora descansa… y pórtate bien. —¡Maldito cobarde! —gritó ella—. ¡Maldito imbécil! Isidro salió de la habitación. En el pasillo, se detuvo y se llevó una mano al pecho, inquieto. “Nunca vi a Tiana tan molesta…” Una duda incómoda cruzó su mente. “¿De verdad hice algo terrible?” Pero, como siempre, la apartó.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD