Capítulo: Él me defiende

1003 Words
Tiana se arregló frente al espejo con una determinación casi temblorosa. Eligió el vestido más atrevido que tenía: un rojo vibrante, entallado y corto, con un escote que apenas dejaba espacio para la imaginación. No buscaba gustar, no buscaba sentirse poderosa; buscaba olvidar. O quizás buscaba vengarse, aunque todavía no lo admitiera ni para sí misma. Se puso su fragancia favorita, acomodó su larga cabellera ondulada sobre un hombro y salió de casa con la sensación de que, al cruzar esa puerta, también dejaba atrás algo de su dignidad… o quizás su paciencia. *** Llegó al bar más exclusivo de la ciudad. Luces cálidas, música envolvente, risas que se mezclaban con copas y perfumes costosos. Ahí la esperaba su mejor amiga, quien la observó con los ojos muy abiertos, soltando un silbido bajo. —Al fin llegaste… y mírate —dijo con un tono juguetón pero preocupado—. Debes divorciarte, Tiana. Si él no te valora, déjalo. Eres hermosa, eres rica, tienes todo para rehacer tu vida. No lo necesitas. Tiana sonrió con tristeza, pidió un Don Perington como si necesitara demostrar que estaba bien. Bebió un sorbo largo y frío. El líquido le quemó la garganta, pero no más que su propia rabia. Asintió sin decir nada, porque si hablaba, lloraría. Con el segundo trago, decidió bailar. No quería pensar. Quería perderse. Así que dejó que unos hombres atractivos la invitaran a la pista. Ellos le decían lo hermosa que era, lo radiante, lo deseable. Sus palabras no curaban, pero aliviaban un poco ese hueco que llevaba semanas tragándola por dentro. Entonces su amiga, con urgencia en los ojos, se acercó a ella entre la multitud. —Tiana… Isidro está aquí. El corazón de Tiana dio un vuelco doloroso. Se giró lentamente y lo vio. Isidro caminaba hacia ella con su expresión severa, impenetrable, esa que jamás le permitía descifrar lo que sentía. Por un instante, creyó ver celos en sus ojos. ¡Celos! Como si algo en él por fin despertara. Como si la idea de verla con otro hombre le doliera. Su respiración se agitó un poco ante esa mínima ilusión. Pero la ilusión murió en un segundo. Isidro no la miró a ella. Pasó de largo como si fuera aire, como si fuera un fantasma sin valor. Su mirada y su atención estaban fijas únicamente en una mujer que reía con un grupo de amigos… Candy. Candy, la hermanastra que él adoraba en su corazón. La mujer que él siempre había tratado con un cariño excesivo. La mujer cuyo nombre él gemía cuando creía estar a solas. La mujer por quien nunca tocó a su propia esposa. Isidro la tomó del brazo, apartándola de un hombre que coqueteaba con ella. Su gesto era protector, posesivo. Casi íntimo. El corazón de Tiana se rompió nuevamente, pero esta vez fue más grave. No era tristeza… era humillación. Era sentir que jamás, en ninguna circunstancia, había significado algo para el hombre con quien dormía en la misma cama desde hacía casi un año. “Está aquí por ella. Siempre fue Candy. Siempre”. Tiana quiso irse. Tomar su bolso, desaparecer, encerrarse a llorar en su baño. Pero el destino le puso a alguien frente a ella. Literalmente. Chocó con un hombre… y sintió un impacto tan fuerte que la obligó a alzar la vista. El bar entero pareció detenerse. Era Reynaldo Monteblanco. El hombre más rico de la ciudad. El más influyente. El más deseado. Alto, imponente, con ojos azules tan profundos que parecían un océano en plena tormenta. Su rostro, afilado y masculino, era como esculpido por dioses caprichosos. Su presencia imponía, no por riqueza, sino por naturaleza. Muchas mujeres habían intentado conquistarlo. Ninguna lo había conseguido. Él la observó con una mezcla de sorpresa y fascinación. Y fue entonces cuando un pensamiento oscuro y brillante cruzó la mente de Tiana. Algo naciendo desde el dolor, desde el orgullo herido. Se rumoreaba que Candy siempre había estado obsesionada con Reynaldo, que incluso soñaba con atraparlo algún día. Pues bien… ¿Por qué no darle un poco de su propia medicina? ¿Por qué no hacerla sufrir como Candy la había hecho sufrir a ella? Tiana sonrió con una dulzura afilada. —Reynaldo Monteblanco, el incasable —dijo con una ironía seductora—. ¿Acaso te niegas a bailar con una pobre esposa desesperada? Reynaldo arqueó una ceja. —¿Esposa desesperada? —repitió, como saboreando el concepto. —¿Bailamos? —insistió ella, sin titubear. Él sonrió. Una sonrisa peligrosa, lenta, llena de interés. Tomó su mano con suavidad, pero con dominio. La llevó al centro de la pista, donde las luces caían como destellos dorados sobre ellos. Al principio, solo bailaron. Una danza tranquila. Pero después la música cambió… algo más lento, más sensual, más íntimo. Y fue Tiana quien decidió encender el fuego. Se acercó a él, se movió de manera provocadora, deslizando su cuerpo alrededor del suyo. Quería que Isidro la viera. Que sintiera celo, furia, dolor. Que entendiera que otros hombres la deseaban, incluso hombres más poderosos, más guapos, más valiosos. Reynaldo la observaba con intensidad. Y aunque él no era hombre de mostrar emociones, algo en su mirada decía que disfrutaba de la escena. Los ojos de Isidro, desde lejos, se clavaron en ellos. Se estrecharon con furia. Las venas de su cuello se tensaron. Tiana lo vio apretar los puños. Lo vio arder. Lo disfrutó. Pero justo cuando creyó ganar, ocurrió lo inesperado. Candy irrumpió. Caminó hacia ella con el rostro desencajado, casi monstruoso por los celos. Candy intentó empujarla y separarla, pero fue Reynaldo quien intervino. Tomando la mano de Candy. Candy se liberó y cayó al suelo, casi rompió en llanto. Isidro corrió a levantar a Candy del suelo. —¡Candy! Luego miró con ojos feroces a Tiana. —¡Tiana! ¿Qué es lo que hiciste? ¿Acaso este hombre es tu amante? Tiana rio de él. —Isidro, tu amante aquí es Candy, ¡Quiero el divorcio!
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