Reynaldo llevó a Tiana hasta el hotel donde se hospedaban. No era un lugar cualquiera: se trataba de un majestuoso penthouse que se alzaba sobre la ciudad como un reino privado, rodeado de luces, cristales y silencios elegantes. Apenas cruzaron la puerta, el mundo exterior quedó atrás. Tiana aún reía, ligera, con esa risa suya que parecía desafiar cualquier herida pasada. —Esto es tan divertido… —dijo, girando sobre sí misma mientras observaba el lugar, maravillada. Reynaldo la miró unos segundos sin decir nada. Había diversión en sus ojos, sí, pero también algo más profundo, algo decidido. Se acercó y la sujetó de la cintura con firmeza, atrayéndola hacia él hasta que apenas los separaban unos centímetros. Tiana sintió su aliento cálido rozándole el rostro, y su risa se apagó poc

