—¡Es mentira! —gritó él, con la voz quebrada por la rabia y la incredulidad. Tiana sonrió. No fue una sonrisa dulce ni compasiva; fue tranquila, firme, nacida de alguien que ya no necesita demostrar nada. —Piensa lo que quieras —respondió—. Yo sé lo que viví. Yo sé lo que sentí. Y eso es lo único que importa. Isidro dio un paso hacia ella, con la intención clara de intimidarla, de recuperar el control que se le escurría entre los dedos. No llegó lejos. Tiana reaccionó rápido y le dio un golpe bajo con precisión. El impacto lo hizo caer de rodillas, soltando un gemido ahogado, incapaz de disimular el dolor. —Te voy a decir algo, Isidro —dijo ella, acercándose un poco más—. Pronto vendrán por mí. Y cuando eso pase, tú serás un hombre acabado. Sacó una navaja del bolsillo. El brillo del

