Los ojos de Tiana ardían con una fiereza que Reynaldo no supo cómo enfrentar. No era solo enojo; era algo más peligroso, algo que nacía del orgullo herido y de una memoria antigua que aún dolía. En ese instante, él entendió que estaba en problemas. Graves. —Tiana, esto… —balbuceó, pasando una mano por su cabello—. Es solo que Pía fue drogada. Las palabras sonaron débiles incluso para él. Tiana frunció el ceño. No respondió de inmediato. Primero miró a Pía, despacio, con una atención casi cruel. La mujer tenía el rostro pálido, pero sus mejillas estaban encendidas de un rojo escarlata que no cuadraba con la supuesta debilidad. Sus labios temblaban apenas… aunque su mirada no lo hacía. Esa mirada no era la de una víctima. Era burlona. Retadora. Provocadora. Y eso bastó. El instint

