Abrieron las puertas del auto de golpe y la tomaron de los brazos con fuerza. Tiana gritó, pataleó, intentó soltarse, pero fue inútil. Sus uñas rasparon el metal de la puerta mientras la empujaban dentro del vehículo. El portazo sonó seco, definitivo, como una sentencia. El auto arrancó casi de inmediato. Isidro la observó desde el asiento frente a ella. Su mirada era dura, calculadora, como si ya hubiera ensayado esa escena cientos de veces en su cabeza. —Tiana, tenemos que hablar —dijo, con un tono que pretendía ser calmado. Ella lo miró con desprecio, respirando agitadamente. —Habla —respondió— y déjame ir. Isidro suspiró, como si fuera él, la víctima. —Tenemos que reconciliarnos. Tiana parpadeó… y luego comenzó a reír. No fue una risa nerviosa ni histérica, sino una carcaj

