Tiana lanzó un grito desgarrador cuando sus ojos se posaron en Reynaldo tendido en el suelo. La música, las luces, la fiesta… todo desapareció en un instante. Solo quedó esa imagen imposible de procesar: él sangrando, inmóvil, con la camisa empapada de rojo. El corazón le dio un vuelco violento en el pecho y el miedo la paralizó por un segundo eterno. —¡Reynaldo! —gritó, corriendo hacia él sin pensar. Reynaldo, con un gesto forzado, logró incorporarse apoyándose en un brazo. Se llevó la mano al costado y cubrió la herida con la palma, intentando contener la sangre. Su rostro estaba pálido, demasiado pálido, pero aun así forzó una sonrisa que no engañó a nadie. —No es grave —dijo, con voz tensa—. Estaré bien. Tiana, no te asustes, por favor. Pero Tiana no pudo creerle. Las lágrimas

