Reynaldo llegó a casa con un cansancio que calaba hasta los huesos. Hacía demasiado tiempo que no entraba por aquella puerta; cada visita era un recuerdo difuso de un pasado que él había querido enterrar, pero que siempre encontraba la forma de volver. Al cruzar el umbral, se quitó el saco lentamente, casi esperando que alguien lo detuviera, que le dijera que no debía marcharse tanto tiempo. Pero nadie apareció. Lo único que escuchó fue el eco de su saco cayendo al suelo y el silencio que llenaba la casa, un silencio que parecía gritarle sus propios errores. Y entonces la recordó. Tiana. Siempre ahí, sin importar la hora, sin importar cuánto se había alejado. Su presencia era constante, su paciencia infinita. La recordaba sonriendo, siempre sonriente, siempre con esa alegría que

