Tiana giró lentamente, como si el peso de ese último grito la obligara a mirar atrás. Sus ojos se encontraron con los de Isidro, deshecho, arrodillado en medio del pasillo. Su traje estaba arrugado, la corbata torcida y su cabello desordenado por el impulso de querer alcanzarla. El orgullo que lo había sostenido tantos años parecía esfumado, hecho pedazos en el instante en que vio la resolución inquebrantable en el rostro de Tiana. Por un instante, algo casi imperceptible cruzó su semblante: un atisbo de duda, un brillo de tristeza contenida, pero enseguida Tiana sonrió. No fue una sonrisa dulce ni apacible, sino una sonrisa firme y definitiva, la de alguien que había tomado una decisión con plena conciencia y que no pensaba volver atrás, sin importar lo que el pasado reclamara. S

