El silencio en la oficina era tan pesado que parecía asfixiar a Darlon. Frente a él, su tío Luis mantenía una expresión gélida, mientras Pía, con esa sonrisa venenosa que tanto la caracterizaba, ajustaba su abrigo de piel. —¡Eso es una locura! —exclamó Darlon, su voz quebrándose por la impotencia. Sus puños se apretaban a los costados, sintiendo cómo el sudor frío le recorría la espalda. Luis dio un paso al frente, invadiendo su espacio personal. El perfume caro de su tío se mezclaba con el olor a peligro. —La verdadera locura, sobrino, será que tu madre pague por tus errores. Piénsalo bien —susurró Luis con una voz que arrastraba una amenaza implícita—. Cada segundo que pierdes desafiándonos, es un segundo menos de paz para ella. Sin esperar respuesta, Luis y Pía salieron del des

