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DALIA   Contemplaba sus ojos tristes. Con el tiempo había aprendido a distinguirlos de los demás, no podría decir que era una bendición o una maldición, saber quizás, el dolor de un ser humano resguardado en los cristales de la mirada, era ver un pedacito oscuro de la vida. Y es que la manera en la que la experiencia me llevo a percibirlos con sencillez, era porque veía los míos en el reflejo cada mañana y cada anochecer. La experiencia propia te enseña muchas cosas, para bien o para mal. Tal como esa jovencita de la clínica, cuya mirada me había calado tanto el alma, que no podía olvidarme de ella. Costaba ser empático con el prójimo. Para alguien como yo, un poco más, pero no porque no lo buscara, sino porque apenas si podía percibirlo. Y cuando la encontraba, y veía la realidad; d

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