En el Hotel Carlton se celebraba una gala espléndida.
Denise Star, enfundada en un elegante vestido rosa palo, estuvo a punto de romper la copa que sostenía por la fuerza con la que apretaba los dedos. En su hermoso rostro se dibujaba una mirada gélida dirigida al hombre que tenía enfrente.
—Solo te lo diré una vez, Sean: apártate de mi camino —advirtió con frialdad.
—¿Está loca, señorita Star?
Sean Zimmer, pese al esmoquin caro que llevaba, tenía el porte de un matón. Sin disimulo, dejó que su mirada obscena descendiera hasta el escote de Denise.
—Se viste así para llamar la atención. Debería agradecer que me digne a hablarle.
Se inclinó hacia ella y bajó la voz.
—La familia Star está prácticamente en la ruina… y usted ni siquiera es su hija biológica. No debería provocarme si sabe lo que le conviene.
La tomó de la muñeca.
Denise retiró su mano con calma.
—¿Dices que me visto así para provocar? —replicó con una sonrisa maliciosa, apartándose el cabello tras la oreja.
Luego dirigió la mirada hacia el otro lado del salón, donde una joven lucía un vestido aún más revelador.
—Si no me equivoco, esa es la señorita Zimmer, tu hermana menor, ¿verdad? ¿No tiene apenas diecisiete años? Usando su cuerpo para seducir hombres a tan corta edad… ¿Así es como la familia Zimmer educa a sus hijas?
—¡Tú…!
Sean se quedó sin palabras.
—Que la familia Star esté arruinada no es asunto tuyo —continuó Denise con serenidad—. Deberías emplear tu tiempo en educar a tu hermana para que no avergüence a tu familia, en vez de entrometerte en asuntos ajenos.
Sin añadir nada más, le dio la espalda y se marchó. Se arrepentía de haber asistido a un evento tan aburrido.
Al salir del hotel, inhaló una bocanada de aire fresco. Era una lástima que estuviera lloviendo. Caminó entre la niebla bajo su paraguas y, cuando se dirigía hacia la intersección para tomar un taxi, creyó oír el llanto de un niño.
El sonido era débil, casi imperceptible bajo la lluvia, pero finalmente distinguió a un pequeño acurrucado en una esquina tras el hotel. No debía tener más de cuatro años. Estaba empapado y temblaba de frío mientras lloraba.
En una noche así, podría enfermar con facilidad.
Denise se acercó.
—¿Estás aquí solo, pequeño? ¿Dónde están tu mamá y tu papá?
El niño alzó la vista entre sollozos. Sus grandes ojos anegados en lágrimas conmovieron a Denise. La observó un segundo y, de pronto, se lanzó a sus brazos.
—¡Mami! ¡Te extrañé tanto!
Enterró el rostro en su pecho mientras lloraba desconsolado. Denise no supo cómo reaccionar.
—Yo no soy tu madre, pequeño, pero puedo llevarte a casa. ¿Dónde vives?
—¡No! ¡Tú eres mi mami! ¡Llevo mucho tiempo buscándote!
El niño se aferró a ella con brazos y piernas, dejándola casi sin aire.
—Oye, suéltame —pidió con esfuerzo—. No puedes abrazar a cualquier mujer en la calle y llamarla mamá.
El pequeño no respondió. Se quedó profundamente dormido sobre su hombro. Denise le tocó la frente y notó que ardía: tenía fiebre.
No podía abandonar a un niño enfermo, así que lo llevó en brazos a una clínica cercana. Lo que Denise no vio fue la sonrisa pícara que asomó en el rostro del pequeño cuando abrió discretamente un ojo.
Denise nunca había cuidado a un niño enfermo. Después de salir de la clínica, lo llevó a su casa y pasó la noche en vela, vigilando su temperatura hasta el amanecer.
Derek, en cambio, durmió plácidamente.
A la mañana siguiente, se estiró y bostezó. Al abrir los ojos, vio a la mujer dormida junto a su cama improvisada. Parpadeó varias veces para asegurarse de que no estaba soñando y, luego, pellizcó suavemente la mejilla de Denise.
—¡Mamá es real! ¡No fue un sueño!
Saltó de alegría sobre la cama.
—¡Tengo una mamá! ¡Por fin la encontré!
La cama improvisada que Denise había comprado apresuradamente en una tienda de remate la noche anterior no soportó bien los brincos. El ruido terminó por despertarla.
—¡Mami! ¡Estás despierta! ¡Buenos días!
Derek dejó de saltar y se quedó de pie sobre el colchón, con expresión inocente.
Denise se incorporó y volvió a tocarle la frente. Ya no tenía fiebre y parecía encontrarse mucho mejor.
—Pequeño, has estado fuera toda la noche —dijo Denise con severidad—. Tus padres deben de estar muy preocupados. Dime su número de teléfono para que vengan a buscarte.
El niño empezó a llorar, lo que la sorprendió. A diferencia de la noche anterior, su llanto era silencioso: las lágrimas resbalaban por sus mejillas sin hacer ruido.
Denise no supo qué hacer. Le acarició la cabeza con suavidad.
—¿No quieres ir a casa?
—Quiero quedarme aquí con mami… —sollozó Derek.
—Dime dónde está tu mamá y te llevaré con ella ahora mismo.
—¡Tú eres mi mami!
Derek la miró con frustración. El corazón de Denise se ablandó.
—Te equivocas —corrigió con paciencia—. No soy tu mamá.
—¡No, no estoy equivocado!
Negó con energía, sus mejillas rollizas enrojecidas. De pronto, como si recordara algo importante, sacó una carpeta de su mochila.
—Mamá, lee esto y verás que tengo razón.
Se la entregó.
Denise la abrió con escepticismo… y se quedó petrificada.
Era una prueba de ADN de maternidad.
Sus ojos recorrieron las hojas y sintió un nudo en la garganta. Allí estaban su nombre y su número de Seguridad Social. El informe concluía que no podía descartarse que ella fuera la madre biológica del niño; existían pruebas sólidas que respaldaban el vínculo.
—Mamá, te robé un mechón de cabello hace dos semanas. En el centro de pruebas me dijeron que eres mi mamá. ¡No puede ser un error!
La situación era tan absurda que Denise se quedó sin palabras. Tenía tantas preguntas que ni siquiera se detuvo a pensar cuándo pudo el niño haberle tomado un mechón de pelo.
¿Tenía un hijo?
¿Un hijo de cuatro años?
Pero no estaba casada. Ni siquiera tenía novio. Nunca había tenido relaciones sexuales ni recordaba haber estado embarazada.
Se sintió mareada por la sorpresa. ¿De dónde había salido ese niño?
¿Quién estaba detrás de aquella broma cruel?
—¡Debe de ser un error!
Cerró la carpeta y se puso de pie, intentando mantener la calma.
—Tendré que llamar a la policía si no me dices dónde está tu casa, jovencito.
—Ah… ¡Mamá no me quiere!
Derek se dejó caer sobre la cama, pataleando y llorando a gritos.
—Papá me pega y me grita todos los días. No quiero volver… Me escapé para encontrar a mamá porque no sabía qué hacer. ¿Cómo puedes enviarme de vuelta? Estoy indefenso… Mi mamá no me quiere. ¿Qué puedo hacer?
Lloró con tanta intensidad que casi se quedó sin aliento.
El corazón de Denise se encogió. No le gustaba entrometerse en asuntos ajenos, pero aquel niño decía no tener madre y afirmaba que su padre lo maltrataba.
No podía devolverlo a ese lugar.
Miró de nuevo la prueba de ADN y suspiró.
—Está bien. Deja de llorar. Puedes quedarte un día más. Pero no puedo cuidarte durante el día, tengo que trabajar. ¿Podrás quedarte aquí solo?
Derek dejó de llorar al instante y se incorporó.
—¡Prometo ser un buen chico! ¡Ve a trabajar y no te preocupes, mami!
El cambio tan repentino la hizo dudar. ¿La estaría manipulando?
No tenía tiempo para analizarlo. Primero debía averiguar si aquel informe era auténtico.