Al llegar a su oficina, dos personas le bloquearon el paso: su madre adoptiva y su hermana.
—Denise, ¿qué demonios hiciste anoche para enfadar a Sean? —preguntó Jessica Star, visiblemente molesta—. Es un cliente importante de la Corporación Star. ¡Lo hemos perdido por tu culpa!
Cora Walker, su madre adoptiva, aparentaba menos edad gracias al maquillaje. Sin embargo, sus delicados rasgos se endurecían bajo el ceño fruncido.
—Denise, te acogimos generosamente en nuestra familia sin pedir nada a cambio. Ahora solo te pedimos que nos ayudes a evitar la bancarrota. No es demasiado, ¿verdad?
Denise apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Levantó la mirada y respondió con indignación:
—Mamá, Sean quiere que me acueste con él. ¿Y tú me estás pidiendo que acepte?
—Deberías sentirte afortunada de que le gustes. ¿Quién te crees para rechazarlo? —replicó Cora con dureza—. Por tu culpa la familia ha perdido mucho dinero. Ahora tienes que recuperarlo.
Denise bajó la vista, clavándose las uñas en las palmas.
La familia Star se había aprovechado de ella durante años.
Y ahora pretendían que vendiera su cuerpo.
Aun así… no estaba en posición de negarse.
La madre biológica de Denise la abandonó en la nieve justo después de nacer. Habría muerto aquella noche, hace veintitrés años, de no ser por la familia Star, que la acogió y la crió como propia.
El silencio de Denise hizo que Cora suavizara ligeramente el tono.
—Sé que no te gusta Sean y no te obligaré a acostarte con él. Cambiando de tema, hoy hay una subasta. Quiero que me acompañes. Necesitamos un buen regalo para el cumpleaños de la abuela el mes que viene.
Denise dejó escapar un suspiro de alivio.
Aunque se negara, su madre adoptiva siempre terminaba forzándola a hacer lo que no quería. Era la primera vez que Cora se mostraba tan permisiva. La había insultado sin remordimientos hacía apenas unos minutos, pero aun así Denise se alegraba de no sentirse obligada esta vez.
—Deberías estar agradecida por todo lo que mi madre ha hecho por ti —intervino Jessica—. Te recogió cuando te abandonaron en la nieve, te dio un hogar y educación. No deberías olvidarlo.
Denise apretó los labios sin responder.
Su silencio incomodó a Cora y a Jessica. Sin añadir nada más, dieron por terminada la conversación y se prepararon para asistir a la subasta.
….
Era la subasta benéfica anual de Hetropolis. Una tras otra, las limusinas se detenían frente al recinto mientras innumerables cámaras aguardaban para captar imágenes de los magnates más celosos de su intimidad.
Todo transcurría con normalidad… hasta que, de pronto, se produjo una conmoción en la entrada.
—¡El señor Vans está aquí!
—¡Dios mío! ¡El señor Vans es aún más guapo en persona! ¡Y tan misterioso! Espera… ¿quién es ese niño?
—¿Vives en la Edad de Piedra? Es el hijo del señor Vans, el heredero del imperio Vans.
—¿Qué? ¿Tiene un hijo? ¿Y quién es la madre?
—Nadie lo sabe. Lo único importante es que será el sucesor de la Corporación Vans. Dicen que es incluso más frío que su padre, así que mejor no te cruces en su camino.
—¡Son idénticos! ¡Es un pequeño señor Vans!
La agitación también llamó la atención de Denise.
Observó cómo un hombre y un niño cruzaban la alfombra roja.
El hombre era alto y caminaba con paso firme. Vestía un traje impecable y zapatos de charol relucientes. Sus rasgos definidos, el perfil elegante, los ojos oscuros y los labios delgados le daban un aire distante y poderoso.
El niño a su lado llevaba un traje del mismo estilo. Incluso su expresión era tan seria y firme como la de su padre.
Padre e hijo entraron en el salón principal.
Por alguna razón inexplicable, Denise sintió que tanto el señor Vans como el niño le resultaban familiares, aunque estaba segura de no haberlos visto jamás.
—¡Dios mío, es tan guapo! —exclamó Jessica, llevándose ambas manos al pecho—. Mamá, estoy enamorada. ¡Tengo que casarme con él!
Cora frunció los labios.
—Tiene un hijo. ¿Quieres convertirte en madrastra?
—No me importa cuidar de su hijo con tal de ser su esposa. ¡Por favor, mamá, ayúdame a conquistar su corazón!
—De acuerdo —respondió Cora tras pensarlo un instante.
Denise puso los ojos en blanco al escuchar aquella conversación.
La familia Vans era la más poderosa y misteriosa de Hetropolis, con una riqueza que superaba a cualquier otra. ¿Por qué su hermana perdía el tiempo soñando con algo tan inalcanzable?
La subasta resultó animada y extravagante. Incluso una simple caja de madera, sin nada especial, alcanzó una cifra de siete dígitos.
Con la precaria situación financiera de la familia Star, Denise sabía que Cora no podía permitirse ninguno de los artículos.
Aburrida, inventó una excusa y salió al balcón a tomar aire fresco.
Mientras disfrutaba del silencio, oyó pasos acercándose y la voz de un niño hablando por teléfono.
—Derek, te lo preguntaré una vez más: ¿cuándo vas a volver a casa?
La voz era baja y tranquila, pero se percibía la irritación contenida.
Denise se giró y vio a un niño vestido con traje n***o de pie en el pasillo.
A pesar de no tener más de cuatro años, irradiaba una seguridad sorprendente.
Lo reconoció de inmediato: era el hijo del señor Vans.
Había oído hablar de Alexander Vans, el presidente de la Corporación Vans, pero desconocía que tuviera un hijo tan pequeño.
Quizá por su reciente encuentro con un niño de la misma edad, Denise sintió una curiosidad especial por el pequeño que tenía delante.
El niño tenía el rostro anguloso, la nariz recta y los ojos oscuros. No había duda de que, cuando creciera, sería un hombre muy atractivo.
Andrew Vans notó que alguien lo observaba.
No era una situación nueva en su corta vida.
Molesto, levantó la vista con el ceño fruncido… y se encontró con un rostro sonriente.
La joven apenas llevaba maquillaje, y sus grandes ojos reflejaban una calidez sincera.
El enfado de Andrew se disipó de inmediato, sustituido por una incómoda sensación de culpa por haber reaccionado con tanta brusquedad.
—Andrew, oye, ¿sigues ahí? —se escuchó desde el otro lado de la llamada.
La persona al teléfono empezaba a impacientarse.
Andrew apartó la mirada de Denise y se dirigió a una esquina más apartada. Su voz, cuando habló, fue firme.
—Derek, deja de hacer tonterías o te meterás en un buen lío cuando papá descubra que te has ido.
—Andrew, eres el mejor hermano del mundo. Por favor, ayúdame. Estoy ocupándome de un asunto de suma importancia.
Andrew colgó tras oír sus súplicas.
—Alex, averigua qué demonios está tramando —ordenó a su guardaespaldas.
—Por supuesto.
El hombre desapareció de inmediato.
Andrew regresó al pasillo con el rostro inexpresivo.
Alexander le lanzó una mirada penetrante.
—¿Dónde ha estado Derek desde anoche?
Andrew dudó apenas un segundo antes de responder:
—Se fue a una isla con Simón. Volverá en un par de días.
Alexander agitó suavemente el vino en su copa.
—Ya veo. Así que no solo se niega a disculparse por su error, sino que además desaparece. ¿Cree que todavía tiene tres años?
Andrew tragó saliva.
—Papá… aún faltan dos semanas para nuestro cuarto cumpleaños —aclaró con timidez.
Técnicamente, seguían teniendo tres años.
—Me ocuparé de él cuando regrese —sentenció Alexander con frialdad—. Mientras tanto, necesito que te hagas cargo del nuevo proyecto de la empresa.
Andrew asintió con solemnidad.
—De acuerdo. Ya he ordenado que se realicen estudios de mercado y…
Comenzó a explicar su plan de acción con una seguridad y claridad impropias de un niño de tres años.