Capítulo 4

1541 Words
Denise abandonó la subasta antes de que terminara y regresó a su pequeño apartamento alquilado, sintiéndose completamente exhausta. Vivía en aquel edificio viejo y mal iluminado desde que se graduó de la universidad. Como siempre, el pasillo estaba sumido en la oscuridad, y tuvo que buscar la cerradura casi a tientas. Mientras rebuscaba en su bolso, sus dedos rozaron una carpeta. El informe de la prueba de ADN. —¡Mierda! Recordó de golpe que había dejado a un niño en casa. Había estado fuera todo el día. ¿Estaría bien? La ansiedad la invadió. Abrió la puerta con rapidez… y el aroma delicioso de comida recién hecha la envolvió al instante. —¡Mami, por fin volviste! El niño apareció detrás de la puerta y se lanzó a abrazarla con fuerza. Al rodear con los brazos aquel cuerpo regordete, Denise sintió que algo dentro de ella se llenaba. El vacío que había cargado durante años parecía, por un instante, desaparecer. Nadie la había esperado jamás al volver a casa. Nadie la había abrazado así. Era la primera vez. Le acarició el cabello con ternura. —No habrás comido nada en todo el día, ¿verdad? ¿Qué te gustaría cenar? Puedo cocinar lo que quieras. ¡Mami, mira! El niño señaló la mesa del comedor con orgullo. —Sabía que volverías con hambre después del trabajo, así que preparé muchas cosas ricas. Tenemos panceta de cerdo estofada, alitas de búfalo y sopa de calabaza. ¡Ah! Y tiramisú de postre. Lo hice todo yo solo. ¡Ven a probar, mami! Denise se quedó sin palabras. Había dos platos principales, varias guarniciones, sopa y postre. La mesa estaba completamente llena, y cada platillo estaba cuidadosamente presentado. El aroma era tan tentador que casi se le hizo agua la boca. Miró al niño con incredulidad. —¿Cocinaste todo esto tú? Derek asintió con energía y ladeó la cabeza, satisfecho. —Mami, ven. Prueba un poco y dime si está bueno. Denise dejó el bolso y se acercó. Cortó un pequeño trozo de panceta y lo llevó a la boca. Sus ojos se abrieron. Estaba delicioso. Crujiente por fuera, suave y jugoso por dentro. Prácticamente se deshacía en su lengua. Era la mejor panceta que había probado. Contuvo el impulso de devorar el plato entero y preguntó, aún sorprendida: —Solo tienes cuatro años. ¿Cómo sabes cocinar así? El niño frunció su carita redonda. Bajó la mirada y empezó a juguetear con los dedos. —Papá trabaja todos los días… y yo no tengo mamá. No hay nadie en casa aparte de mí. Tuve que aprender a cocinar para no morirme de hambre. También lavo mi ropa, barro el suelo y hago las tareas yo solo. De pronto levantó la cabeza. Sus ojos brillaban intensamente. —Pero ahora está bien. ¡Por fin tengo mami! Mami me cuidará y ya no estaré solo. No me vas a echar, ¿verdad? Sus ojos eran como estrellas en la noche. El corazón de Denise se ablandó por completo. Aquel niño decía no tener madre, y su padre lo dejaba solo todo el tiempo. Obligado a aprender a cocinar a una edad tan temprana… ¿cuánto habría sufrido? Un pensamiento comenzó a tomar forma en su mente. Tal vez podría quedarse con ella unos días más. Al menos hasta aclarar lo del ADN. —Derek, siéntate. Voy a traer los platos y empezamos a cenar. Se dirigió a la cocina, pero el niño saltó de inmediato y corrió tras ella, bloqueándole el paso. —Mami, trabajaste todo el día. Debes estar muy cansada. Déjame traer los platos. Sin esperar respuesta, se metió en la cocina con determinación. Denise volvió al comedor y se sentó. Soltó un suspiro silencioso. Ese niño era tan cariñoso y considerado… Si tan solo fuera su hijo de verdad. Ella tendría compañía y el chico tendría a alguien que lo cuidara. Por desgracia, Denise recordaba cada día de su vida. Era imposible que hubiera estado embarazada durante nueve meses sin saberlo. No era la madre de ese niño, sin importar lo que afirmara el informe de ADN. Pensó que se pondría en contacto con la policía en cuanto apareciera una alerta Amber sobre él. Derek corrió hacia la cocina. Un hombre salió de la sombra en la esquina y preguntó: —Derek, ¿puedo irme ahora? —¡No! Derek lanzó una mirada al hombre y luego se asomó al comedor a través de la puerta entreabierta. Bajó la voz y susurró: —Tienes que lavar los platos más tarde. Escóndete aquí un poco más. Simón frunció los labios con frustración. Se suponía que era solo un guardaespaldas. Sin embargo, desde que lo asignaron a Derek, se había visto obligado a aprender todo tipo de trucos. Lo peor de todo era que había pasado horas preparando toda la comida, y Derek ni siquiera le permitía probarla. ¡Qué patético! —Simón, escóndete aquí y cállate. No dejes que mi mamá se entere de ti. De lo contrario, le pediré a papá que te reasigne al peor destino. Derek lo amenazó con voz tierna. Luego regresó al comedor con dos platos en las manos. En cuanto volvió al campo de visión de Denise, recuperó su actitud de niño dulce y dócil. Denise y Derek disfrutaron de la cena juntos. Derek era tan dulce como un pastel. —Mamá, toma más panceta. Estás demasiado delgada. A mitad de la cena, Denise se volvió hacia él y le preguntó: —Intenté hacer panceta estofada antes, pero no me salió bien. ¿Estarías dispuesto a compartir tu receta conmigo? El corazón de Derek dio un vuelco. No tenía ni idea de cómo cocinar. Sin embargo, forzó una sonrisa y respondió: —Mamá, no tienes que preocuparte por cocinar. Cocinar es desordenado y agotador. Es mejor pasar más tiempo disfrutando fuera de la cocina. ¡Yo te cuidaré! ¡Santo cielo! El corazón de Denise casi se derritió. —Mamá, deberías hacerte un tratamiento facial después de la cena. ¡Yo lavaré los platos! Denise apretó suavemente las mejillas regordetas de Derek y dijo: —Tú cocinaste la cena, así que debería lavar los platos. Tenemos que ser justos. —No, mamá. Lavar los platos arruinará tus manos. Soy un hombre. ¡No me importa tener las manos ásperas! —insistió Derek—. Por fin te encontré, mamá. Todo lo que quiero es ayudarte en lo que pueda. ¿Puedes dejarme hacerlo, por favor? Derek parpadeó con sus grandes ojos oscuros, como los de un cervatillo. Denise no pudo resistirse a su encanto. —Está bien. Ten cuidado al lavarlos. Después de la cena, Denise descansó en el sofá. El sonido del agua corriendo en la cocina la hizo suspirar. Era difícil imaginar que una de las mejores noches de su vida la estuviera pasando con un niño al que conocía desde hacía menos de un día. El pequeño había iluminado su mundo como nadie más. Sin embargo… El ánimo de Denise se desplomó cuando recordó que al día siguiente tendría que acostarse con Sean. Sean era un mujeriego infame en Hetropolis que jugaba con quién sabe cuántas mujeres. Denise estaba segura de que había coaccionado a algunas para que se acostaran con él. Aun así, muchas otras estaban dispuestas a hacerlo por su dinero. Denise siempre se había mantenido alejada de hombres como Sean. Sin embargo, ahora tenía que ofrecerle su cuerpo a cambio de una inversión de cinco millones de dólares. Dado que a Cora solo le importaba la inversión, Denise se preguntó si la dejaría en paz una vez que recibiera los fondos. —¡Mami, los platos están listos! Derek salió de la cocina dando pequeños saltos. Denise notó que tenía las mangas secas. Parecía tener bastante experiencia lavando platos. Con voz suave, dijo: —Ven. Te daré un baño. Pero no tengo ropa de niño aquí. ¿Te importaría usar mi camisa como pijama? —¡Genial! Derek estaba encantado. El apartamento de Denise tenía dos dormitorios. Después de bañarlo, lo llevó a la cama del dormitorio de invitados. Denise se sentó junto a él y le contó una historia que había leído cuando era niña. El pequeño se quedó dormido antes de que ella la terminara. Denise salió de puntillas de la habitación y cerró la puerta en silencio. En cuanto la puerta se cerró, el niño abrió los ojos. —Simón, ¿lo viste? ¡Mamá me dio un baño y me contó una historia! ¡Soy el chico más feliz del mundo! Derek saltaba sobre la cama, encantado. —Incluso estoy usando la camisa de mamá. Huele tan bien… como ella. ¡Nunca me la quitaré! Mis hermanos estarían tan celosos si lo supieran. ¡Ja! Simón respondió con el rostro inexpresivo: —Derek, estarás en un gran problema si el señor Vans se entera de esto. —¡No trates de asustarme! ¡No le tengo miedo! —Derek cruzó los brazos sobre el pecho y frunció su pequeña carita. Luego añadió en voz baja: —Vas a limpiar la habitación después de que mamá se duerma. ¡Tiene que quedar impecable! Simón se quedó sin palabras. Era un guardaespaldas, no un empleado de limpieza.
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