«—¡Abre los ojos, mujer! —le aconsejaba todo el mundo». Horas después, Debby pasaba de una habitación a otra con las manos colmadas de ropa. Tras ella iba Allan, él tenía los brazos tan cargados que tuvo que desviar un poco la pila para ver por dónde caminaba. —No puedo creer que todo esto haya entrado en una sola maleta —se quejó mientras lanzaba lo que tenía sobre la cama. —¡Allan! Sé más cuidadoso —lo reprendió Debby, y evitó mostrarle su diversión. Él puso los ojos en blanco y en medio de gruñidos, salió en busca de los zapatos. Al estar sola, dejó libre la sonrisa. Se mudaba de habitación. Ahora ocuparía la misma que Allan. Ese pequeño detalle la llenó de dicha. Él entró cargado de zapatos y estuvo a punto de dejarlos caer al suelo cuando ella giró sobre los talones y lo seña

