«—La mente puede crearte escenarios irreales con ayuda de las emociones. Muchas veces, el miedo y la desesperación pueden jugarnos malas pasadas —comentó su psiquiatra».
—¡Cálmate, Deborah! ¡Soy yo! —le repetía Zack. Debby se agitaba entre sus brazos, trataba de gritar, pero él le había cubierto la boca—. ¡Deborah, tranquila, no te hare daño!
Cuando comenzó a perder fuerzas, ella dejó de luchar, pero a cambio se echó a llorar. El llanto la liberaba del terror que tenía atragantado.
—Cálmate, soy yo. Todo está bien —le insistía mientras la abrazaba y le besaba la cabeza a la espera de que los espasmos cesaran.
—Zack… Zack… —expresaba la mujer en medio de gimoteos.
Se aferró a su cintura y hundió el rostro en su pecho para terminar con la angustia.
Él esperó paciente hasta que percibió que ella dejaba de temblar. Luego, la agarró por la cabeza para despegarle el rostro de su pecho.
Tenía la cara hinchada y pálida, aún las lágrimas le corrían por las mejillas.
—¿Te hicieron algo? —le preguntó—. ¿Dónde estabas?
Debby negó con la cabeza, nerviosa.
—En el lago… yo… yo… tenía una pistola —tartamudeó.
—¿Tú?
—No. Él.
—¿Quién?
Zack empezaba a desesperarse. Entendía el estado de Debby, pero necesitaba respuestas.
—Bradley —la confesión de la mujer lo hizo endurecer el rostro—. Y dijo… y dijo…
Al notar que el llanto la dominaría de nuevo, le frotó los brazos y le besó la frente con ternura.
—Tranquila, corazón. Tienes que calmarte. ¿Cómo sabes que tenía una pistola?
—Lo vi… lo vi… te busca. ¡Quiere matarte!
Zack frunció el ceño y la abrazó con fuerza. Debby hacía un esfuerzo por controlar a su organismo, pero los nervios la vencieron.
Entonces él la llevó a su habitación sin apartarse de ella. Se acostaron juntos. La cabeza de Debby reposaba en su pecho y sus brazos lo apresaban para no dejarlo ir.
Minutos después, la joven estaba más tranquila y había podido narrarle, con detalle, lo sucedido.
—¿Estás segura de que no te vio? —preguntó Zack.
—Sí —le aseveró. Debby lo vio bajar los pies para apoyarlos en el suelo. Él tenía las botas deportivas y el ruedo del pantalón manchados de lodo—. Pensé que no estabas en casa, por eso salí a dar un paseo por el lago.
—Yo salí temprano al resort donde trabajo para hablar con mi jefe y justificar mis faltas. Debí avisarte. Cuando llegué vi el desorden.
—¿No estabas en casa? —la noticia la alarmó.
Zack comenzó a incorporarse con suavidad. Ella también buscó sentarse en la cama.
—No. Al llegar y ver el desastre en la sala pensé que te había sucedido algo. Te busqué, estaba en el ático cuando llegaste —le informó mientras sacaba del bolsillo de su pantalón el teléfono móvil y comenzaba a escribir un mensaje de texto.
Debby se quedó en silencio, analizaba lo ocurrido. Ella había dejado las ventanas abiertas, pero Bradley las había encontrado cerradas y había escuchado ruidos dentro de la casa. Si Zack no estaba, solo quedaba una posibilidad…
El problema era que esa suposición no tenía lógica y podía hacerla quedar como una loca.
Se sintió agotada. Cruzó las piernas sobre el colchón y apoyó los codos en las rodillas para anclar la cabeza entre las manos. Eran demasiados los secretos que se escondían en ese hogar.
—¿Estás bien?
Zack se acercó a ella y le acarició un brazo. Debby alzó el rostro y al notar su mirada llena de preocupación y nostalgia, sintió un cosquilleo en el vientre.
—Quizás… debería marcharme —dejó escapar.
Él quedó inmóvil, ella no podía descifrar las emociones que se reflejaban en la mirada masculina. Por momentos parecía aliviado, pero en otros, acongojado o a punto de gritarle en la cara alguna ofensa.
—El problema es… que no tengo a donde ir —reconoció la mujer.
Sus palabras eran ciertas. No podía regresar a su casa, su esposo le había pedido que se fuera. Tampoco quería terminar con su madre, porque ella la llenaría de reproches y advertencias que la volverían más loca, ni podía llegar a la casa de Jimena, eso le ocasionaría a su amiga un problema con su esposo.
—Puedes quedarte aquí —replicó Zack, conmovido. No solo anhelaba compañía, por primera vez en mucho tiempo sentía que podía confiar en la persona que estaba a su lado—. Puedo manejar esta situación. Te juro que estaremos bien —aquello más que una garantía había sonado como un ruego.
No quería alejarse de ella, su presencia lo fortalecía.
Debby no respondió, se quedó hundida en su mirada. Estaba ansiosa por llegar al fondo de su alma, anhelaba conocerlo y conquistarlo.
Zack le acarició el rostro. Se mordía los labios para no decirle todo lo que tenía aprisionado en el pecho.
—Quédate —fue lo único que pudo susurrarle y sus bocas se fundieron en un beso que les despertó a ambos decenas de emociones.
Él lo intensificó mientras se acercaba más a ella para abrazarla, pero el sonido de su teléfono móvil le devolvió la cordura.
Retrocedió con prisa. Se aclaró la garganta y se dedicó a revisar el mensaje de texto que le había llegado.
Debby quedó en la cama, pasmada. Miraba como la ignoraba con tanta facilidad que le dolía.
—Voy a… avisar lo ocurrido a la policía —informó él, al tiempo que se levantaba de la cama. Ella se apresuró a seguirlo.
—¿Te vas?
—No. Hablaré por teléfono en la terraza.
Zack comenzó a caminar en dirección a la puerta principal. Ella corrió y lo detuvo en el pasillo de las habitaciones interponiéndose en su camino. Temía quedarse sola.
—Zack.
La cercanía de la mujer lo doblegaba. La tomó por la nuca y la besó con ardor, como si la vida se le fuese en ese contacto.
Al quedar sin aire interrumpió el beso y apoyó la frente en la de ella. Abrió la boca para decirle algo, pero se arrepintió. Volvió a alejarse de forma brusca y, al salir de la cabaña, cerró la puerta con furia.