Valentina se despertó con el mejor de los ánimos. El cielo estaba despejado, la brisa de la mañana se colaba por la rendija de la ventana, y su corazón, por alguna extraña razón, se sentía liviano. Se puso una braga azul de trabajo, esa que tanto le gustaba porque le permitía moverse con libertad entre motores y piezas oxidadas. Recogió su cabello en una coleta alta, rápida, sin complicaciones, y bajó las escaleras rumbo a la cocina. El aroma del café recién hecho inundó el ambiente, ese olor que la reconectaba con la vida y le daba energía para enfrentar cualquier día. Sirvió una taza, la sostuvo entre ambas manos mientras daba los primeros sorbos con los ojos aún adormecidos, y luego cruzó el umbral del taller, saliendo al exterior. Allí estaban ya sus compañeros de trabajo. Cada uno m

