Capitulo 19: la puerta a las profundidades

1713 Words
Al descender las escaleras, el aire se volvió más denso, más frío, como si hubiera cruzado un umbral invisible hacia un mundo donde el tiempo y la temperatura obedecían a otras leyes. El frío no era solo una sensación en la piel; era algo que se clavaba en los huesos, un hielo antiguo que parecía haber estado allí siglos antes de que él naciera. El olor a humedad y a algo indefinible, metálico y dulce a la vez, llenaba el espacio. Un aroma que le revolvía el estómago, que le recordaba a la sangre y a las flores podridas, una mezcla nauseabunda que, sin embargo, había aprendido a respirar como si fuera aire puro. Emili estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared de piedra húmeda, con las piernas estiradas frente a ella, inmóviles y silenciosas. Su mirada no estaba en él, sino fija en la puerta en el piso que yacía a unos metros de ella, una trampilla de madera oscura y gastada que parecía respirar en la penumbra. Había una extraña fascinación en sus ojos, una mezcla de horror y atracción que a Joshua le resultaba inquietante y, a la vez, extrañamente familiar. —Buenos días —saludó Joshua, su voz resonando en el lúgubre espacio, rebotando en las paredes y volviendo a él como un eco distorsionado. Intentó que sonara casual, ligero, como si estuvieran en una cocina cualquiera y no en el vientre de la bestia que habitaba su casa, pero la tensión era palpable, un tercer personaje invisible entre ellos que pesaba más que cualquier mueble. Emili levantó la vista lentamente, sus párpados pesados como si hubiera estado dormitando, y una sonrisa lánguida asomó en sus labios, una curva suave que no llegaba a calentar sus ojos. —Buenos días —respondió, su tono sereno, casi etéreo, como si hablara desde muy lejos, pero que delataba una intención burlesca que no pasó desapercibida para Joshua. –Normalmente desaparecen al amanecer– Joshua sintió un pinchazo de irritación, un calor repentino que subió por su cuello hasta sus orejas, mezclado con una extraña admiración por su audacia. ¿Cómo podía bromear así, en este lugar, en esta situación? ¿No sentía el miedo que debería haber consumido a cualquier ser humano racional? —¿Desaparecen? —murmuró, dejando la bandeja en el suelo con un golpe seco que hizo resonar el metal contra la piedra. El sonido fue demasiado fuerte en la quietud del sótano. —Es mi casa, Emili. No tengo por qué desaparecer.– —¡Ah! Cierto, es que solo conozco el sótano —agregó Emili, su mirada recorriendo las paredes húmedas y el techo bajo, como si estuviera evaluando la celda donde la tenían prisionera. Había un matiz de ironía en sus palabras, una crítica velada a su cautiverio, pero también una aceptación tranquila, como si hubiera dejado de luchar contra lo inevitable y ahora solo observara el espectáculo. Joshua se sentó frente a ella, cruzando las piernas sobre el suelo frío, y empujó la bandeja de desayuno hacia ella con un movimiento brusco. La conversación, tan trivial en la superficie, era en realidad un campo de batalla subterráneo, donde cada palabra era una flecha y cada silencio una trinchera. —Te gustaría conocer la casa… —comenzó, su voz un poco más suave de lo que pretendía, traicionado por un impulso que no lograba controlar. La idea de mostrarle su mundo, aunque fuera solo las habitaciones de arriba, lejos de la oscuridad de abajo, le resultaba extrañamente atractiva, como si al hacerlo pudiera demostrarle que él era más que el carcelero que ella veía. —Tengo una silla de ruedas que perteneció a mi madre. Está guardada en el desván, pero funciona bien. Y… bueno, si quieres… si no…– Emili lo interrumpió antes de que pudiera terminar, y una chispa de genuino interés brilló en sus ojos, iluminándolos como si alguien hubiera encendido una cerilla en la oscuridad. —Sería lindo —dijo con una voz cálida, suave, que contrastaba violentamente con la frialdad del sótano y la dureza de su situación. La idea de ver algo más que esas cuatro paredes manchadas de humedad, de respirar un aire que no oliera a muerte y secretos, era un pequeño rayo de esperanza que se abría paso entre la desesperanza. —Me gustaría mucho.– El desayuno transcurrió en un silencio tenso, cargado de cosas no dichas. Cada uno sumido en sus propios pensamientos, la comida, casi un pretexto para estar juntos en ese momento de extraña intimidad. Joshua observaba a Emili, notando la forma en que sus dedos, manchados de sangre seca de heridas que aún no sanaban, tomaban el pan con delicadeza, como si estuviera manejando algo frágil. Se preguntaba qué pasaba por su mente, qué clase de locura o de fortaleza la mantenía tan serena, tan… ella misma, a pesar de todo lo que le había sucedido. ¿Sentía miedo? ¿O había cruzado una línea donde el miedo ya no tenía poder sobre ella? Emili, por su parte, sentía la mirada de Joshua sobre ella, una presencia constante que la envolvía, pesada pero no desagradable. No era una mirada de lástima, ni de repulsión, ni siquiera de crueldad fría. Era algo más complejo, algo que no podía descifrar del todo —una mezcla de culpa, de deber, y quizás, solo quizás, de una curiosidad que se asemejaba a la suya propia. Al terminar, el silencio fue cortado de tajo por la voz de Emili, que rompió la quietud con una pregunta que Joshua temía desde el momento en que había bajado las escaleras. —Joshua… —dijo, dejando el trozo de fruta que tenía en la mano sobre la bandeja. Su voz era firme, sin titubeos. —¿Puedo verlos? ¿Puedo conocerlos? Joshua frunció el ceño instintivamente, y el temor asomó en sus ojos, frío y nítido. ¿Cómo podía siquiera preguntar eso? ¿No se había imaginado ya lo que había ahí abajo? —¿Estás segura? —preguntó, inclinándose un poco hacia ella, como si quisiera asegurarse de que entendía la gravedad de sus palabras. —No es muy agradable estar abajo. No es un espectáculo para los débiles de corazón, Emili. No es algo que se pueda olvidar una vez que se ve. —Lo entiendo —dijo ella, mirándolo fijamente, sin apartar la vista. Su voz no temblaba. —Es solo que creo que al menos me gustaría saber quién me está comiendo. Quién se beneficia de mi… sacrificio. No puedo entregar mi vida a una sombra sin nombre. Necesito saber a quién me estoy enfrentando. Joshua la miró fijamente durante largo tiempo, escudriñando su rostro, tratando de encontrar alguna señal de duda o miedo en su mirar, algún temblor en su mandíbula que le dijera que estaba actuando por bravuconería. Pero solo encontró una determinación férrea, una calma que era casi antinatural. Suspiró, sintiendo cómo la resistencia se le escapaba de las manos. Sabía que no podía negarle eso. Había algo en ella, en la forma en que lo miraba, en la forma en que aceptaba su destino sin perder su esencia, que lo obligaba a ceder, a romper sus propias reglas, esas que se había impuesto para protegerse a sí mismo y a ella de lo peor. —Si eso quieres, está bien —dijo finalmente, con resignación. —Pero no bajarás del todo. Sin tus piernas será complicado, peligroso incluso. Así que solo te acercarás a la orilla. Prométeme que no intentarás bajar más. —Te lo prometo —asintió ella, sin dudar. Con algo de temor que le recorría la columna vertebral como una serpiente fría, Joshua se puso de pie y se dirigió a la pequeña puerta en el suelo, la trampilla que conducía a las profundidades. La mano le temblaba mientras colocaba los dedos en el borde de madera gastada, temblando como si fuera la primera vez que la abría, o la última. Hizo fuerza, y la puerta crujió al abrirse, revelando un abismo n***o. Emili, decidida a ver aquello a lo que Joshua temía y servía, se arrastró por el suelo frío hasta quedar en el borde de la abertura, apoyándose sobre los codos. Una oscuridad absoluta reinaba en aquel lugar, una negrura tan profunda que parecía tener peso, que parecía absorber la poca luz que se filtraba del sótano superior, devorándola sin dejar rastro. Ni una luz, ni una vela, ni el brillo de nada servía de guía allí abajo. Lo único que se lograba ver era una pequeña escalera de madera carcomida, cuyos peldaños parecían deshacerse entre más abajo llegaba, perdiéndose por completo en la penumbra, como si condujeran al mismo infierno. ¿Qué secretos se ocultaban allí? Emili no lo podía comprender, pero su pecho latía con fuerza, no solo por el miedo, sino por una curiosidad voraz que era una fuerza motriz, más poderosa que cualquier terror. Quizá sí necesitaba bajar, sentir la presencia de esas entidades, oler su aliento, para entender realmente en qué mundo había caído. Pero sabía que Joshua no lo aceptaría tan fácil, que haría todo lo posible por mantenerla alejada de ese abismo. —¿Por qué no hay luz? —preguntó Emili con curiosidad casi infantil, su voz un susurro que se perdió en la oscuridad del agujero, como si temiera despertar a lo que habitaba allí. Joshua se quedó mirando la negrura, con el rostro endurecido por un resentimiento antiguo. —Desde que yo recuerdo no hay ninguna luz ahí —contestó, su voz tenía un deje de disgusto, de repulsión profunda. —No la necesitan y no la merecen. Son criaturas de la oscuridad, se alimentan de ella. La luz les quema, les duele, pero también… también los revela. Y prefieren mantenerse ocultos, acechando... esperando. Emili asintió lentamente, procesando la información, dejando que esas palabras se asentaran en su mente. La idea de esas entidades, viviendo en la oscuridad absoluta, esperando pacientemente su turno, la intrigaba, le hacía sentir un escalofrío que recorría su piel de punta a punta, pero no la hacía querer volver atrás. Al contrario, sentía que ahora estaba un poco más cerca de la verdad, de entender la naturaleza del monstruo que compartía su techo y el destino que la esperaba.
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