Los primeros rayos de sol se filtraban por las rendijas de la inmensa casa, cortando la penumbra como cuchillas de oro. Arriba, en la cocina impecable, Joshua preparaba unos huevos revueltos. El sonido de la espátula contra el sartén era rítmico, casi pacífico, contrastando con el rastro que él mismo dejaba a su paso: un aroma denso y persistente a cerezas con chocolate que parecía impregnarse en las cortinas y el aire matutino. Preparó dos platos con meticulosidad y bajó al sótano.
Una vez abajo, la luz mortecina reveló a una Emili pálida, una figura quebrada que se aferraba a la consciencia con una fuerza sobrenatural. La cavidad en su rostro, donde antes habitaba su ojo, era una mancha de sangre seca, una herida que gritaba en el silencio.
—Buenos días —dijo él con esa voz cálida que resultaba más aterradora que un grito—. Traje el desayuno, espero que te guste. No soy muy bueno en la cocina, pero hasta ahora no me he muerto de hambre —concluyó con una pequeña risita que erizó el vello de la nuca de la joven.
Emili lo observaba con su único ojo, una mirada gélida y analítica, muda tras la cinta que sellaba sus labios. Joshua se acercó, emanando su perfume empalagoso que se mezclaba con el olor a moho del sótano.
—Estás débil —murmuró, retirando la cinta de su boca con una delicadeza tan extrema que desconcertó a Emili—. Anoche fue intenso para ti. Voy a quitar la soga de tus muñecas para que puedas comer, pero te advierto: si intentas algo, no dudaré en cortarlas. Si lo hago, no quedará mucho de ti, ¿entiendes?
—S-sí… —su voz fue un hilo de resignación, pero envuelto en una calma inusual, una quietud que empezaba a brotar en ella como una raíz en la piedra.
Joshua la desató. Sus manos temblaban, no solo por el miedo, sino por la presión acumulada en sus tendones. Empezó a comer bajo la mirada vigilante de Joshua, quien se sentó en el cemento frente a ella, buscando una cercanía doméstica que rozaba la locura.
—No intentes gritar, estamos en medio de la nada. Kilómetros de desierto y una carretera que no lleva a ninguna parte —aconsejó él, acariciando distraídamente un pétalo invisible en el aire.
—Cu-cuéntame… sobre ti… —logró decir ella, con una chispa de astucia tras el dolor—. Si vas a matarme, al menos quiero saber quién eres.
—No hay mucho, en realidad. Vivo solo, me gustan los huevos con jamón y el fútbol. Soy un gran delantero. Si sobrevives, deberías verme jugar un día —desvió la mirada hacia las sombras del rincón, tocando su cabello n***o con nerviosismo—. Aunque ahora no creo que te interese mucho verme en acción.
Joshua se levantó, su expresión tornándose sombría. —Hoy empezaremos a las tres de la tarde. Descansa, Emili.
Volvió a atar sus manos y salió. En la soledad del sótano, Emili lloró en silencio. La amabilidad de ese monstruo le resultaba más punzante que sus cuchillos. Había algo más en él, algo roto que no encajaba con un simple asesino.
A las tres en punto, el crujido de la madera anunció su regreso. El ambiente se cargó instantáneamente con ese olor dulce a repostería y muerte.
—¿Estás lista, Emili?
—Por favor, no me lastimes… —suplicó ella, aunque una parte de su mente ya empezaba a endurecerse.
—Descuida. Tenemos una misión que cumplir —la sonrisa de Joshua fue una grieta de locura—. Tú no tienes idea de lo que pasa aquí. Debajo de tus pies hay algo malo. Algo que haría temblar a las pesadillas. Eres un sacrificio para que ellos no salgan a devorar el mundo. Ahora les perteneces.
Joshua la amordazó de nuevo. Se dirigió a la mesa y, con una reverencia hacia el vacío, pronunció las palabras que marcarían el inicio del horror: —Vamos a cantarle a las amapolas.
Tomó un cuchillo de carnicero, su acero brillando con una promesa letal. Se acercó al oído de Emili y le dio un beso suave en la mejilla antes de alejarse para verla de frente.
—Hace muchos años hubo una mujer hermosa —comenzó, mientras colocaba un torniquete implacable bajo la rodilla de la joven—. Su cabello era n***o como la noche y sus ojos azules como el cielo. Era humilde, querida por todos. Pero un día, un hombre se obsesionó con ella.
Sus lágrimas empezaron a brotar, gruesas y calientes, mientras pasaba el filo por la piel de Emili. —Él la tomó… la reclamó como suya… ¡Pero no lo era! —gritó, perdiendo la compostura—. ¡NO LE PERTENECÍA!
El cuchillo cayó con la fuerza del odio acumulado, hundiéndose en el hueso. Repitió el acto frenéticamente, entre gritos de dolor de ella y alaridos de furia de él. La pierna se desprendió, cayendo al suelo con un golpe sordo y húmedo. Joshua, jadeando, vendó el muñón con precisión quirúrgica.
—Ella era mi madre, Isabel. Pidió venganza a las sombras y ellos la escucharon. Los ató aquí con sal y hechizos, pero tienen hambre. Yo los mantengo a raya… o saldrán.
Bajó a la fosa oscura y arrojó la pierna hacia el círculo de sal, donde restos humanos en descomposición esperaban entre las sombras. —¡Malditos desgraciados! —rugió antes de subir.
Emili, en el límite de la consciencia, sintió una voz extraña en su cabeza. Una fuerza oscura que la obligaba a resistir. “Es intrigante”, pensó con un cinismo nacido del trauma. Deseaba arrancarle los ojos a Joshua, pero al mismo tiempo, la complejidad de su verdugo la mantenía anclada a la vida. Su único ojo se cerró, cayendo en un sueño donde las amapolas crecían rojas y altas, alimentadas por su propia sangre. Arriba, Joshua se duchaba, tratando de quitarse el olor a hierro, mientras el nombre de Emili se convertía en una obsesión que le devoraba el alma.