Capítulo 10: Una chispa de respeto
El día de las exposiciones finales llegó. Cada equipo debía presentar su proyecto frente a un jurado de profesores. La sala estaba llena, y la tensión podía sentirse en el aire.
Brisa y Sergio aguardaban su turno. Ella repasaba las diapositivas con concentración, mientras él fingía desinterés, aunque en el fondo estaba más nervioso de lo que admitía.
Cuando subieron al estrado, Brisa tomó la palabra. Su voz era clara, segura, y las ideas fluían con una naturalidad que dejaba a todos atentos. Sergio la observaba de reojo; por primera vez, no sentía deseos de interrumpirla ni de burlarse. Al contrario, había algo en su interior que lo obligaba a callar y escuchar.
Cuando llegó su turno, Sergio se sorprendió a sí mismo. No improvisó ni buscó protagonismo: siguió el hilo de Brisa, reforzó sus ideas y completó los puntos que ella había preparado. El proyecto, que al inicio había sido un campo de batalla, ahora se mostraba sólido, equilibrado.
Al terminar, un aplauso fuerte llenó la sala. Los profesores felicitaron al dúo por su claridad y profundidad.
Brisa sonrió, agradecida. Sergio, en cambio, sintió algo extraño: orgullo, sí, pero no de sí mismo, sino de ella.
Mientras bajaban del estrado, le dijo en voz baja, casi sin querer:
—Lo hiciste increíble.
Brisa lo miró sorprendida. No había burla en su tono, ni sarcasmo. Era sincero.
—Gracias —respondió con suavidad.
Ese instante, aunque breve, encendió una chispa. Sergio comprendió que, más allá de las diferencias, había en Brisa algo imposible de ignorar: una fuerza genuina, una luz que no necesitaba aplastar a nadie para brillar.
Y aunque él intentó volver a ponerse su máscara de indiferencia, ya no era lo mismo. Por primera vez, la admiraba.