Esa mañana desperté y mi madre seguía aquí. Tenía aquel billete de 100$ en mi poder. Más de lo que alguna vez había tenido.
No sabía cómo sentirme. Era cierto, el dinero probablemente era la droga más grande que existía. Y había sido el dinero más fácil.
No sabía que había visto aquel joven de traje en mi; que había tenido compasión. Desde un instante, sabía que aquella noche sería ruda. Y entendía que él tenía el control.
Pero luego me mostró una parte de él que probablemente nunca hubiese imaginado. Calmado, pacífico y preocupado. No pidió más; y aunque sus palabras aún retumben en mi cabeza. Sabía que deseaba mi cuerpo, y eso no sabía que generaba en mi.
Probablemente también mi cuerpo lo deseaba. Sus palabras eran justas y excitantes. Pero había una regla de oro que un par de veces oi a mi madre repetir; los clientes son solo eso, clientes.
Probablemente el destino sería justo y poco después lo encontraría, y tendría el valor de agradecer lo que esa primera noche había hecho por mi.
Pero ahora solo aferraba a un sujeto sin nombre que me había salvado de una noche que pudo haber terminado muy mal.
Había sido mi ángel en medio del desierto.
Sonreí ante aquel pensamiento y miré mi cuerpo ante el espejo. Un par de billetes era lo que costaba.
Me di una lucha larga y vestí mi cuerpo, dispuesta salí de mi habitación y busqué a mi madre. Estaba en la cocina con una taza de café para ella y otra para mí.
—No hay más, lo siento.—Confesó colocando aquella taza de café sobre la mesa.
—Tranquila.—Dije besando su frente.—¿Decidiste no ir hoy?—Pregunté al verle en pijama.
—No tenemos dinero, pero tampoco me siento bien.—Confesó.
Saqué de mi bolsillo aquel billete y lo puse sobre la mesa.—¿Es suficiente para un par de días?—Pregunté.
Mi madre puso sus ojos en blanco.—¡Alba!—Gritó tomándolo al aire.—¡Nos alcanza para dos meses!—Y aquella sonrisa de esfumó cuando la siguiente pregunta llegó.—¿De dónde ha salido ésto Alba?—Preguntó molesta.—Es mucho dinero Alba. Responde ahora. ¿De dónde ha salido ésto?—Preguntó molesta.
—Mis ahorros.—Mentí.
—¿¡Ahorros Alba!? ¡Tú no trabajas!—Gritó molesta.
Y una vez más, me envolví en una mentira.—Estoy saliendo con un chico. Es un buen chico...—Suspiré.—Es un año mayor y tiene mucho dinero. Me ha regalado ese dinero, sabe que no tenemos mucho por ahora.—Me miró desafiante y enojada.
—Espero que éste dinero no sea de dónde creo que pueda ser. Le romperías el corazón a tu madre, Alba. He trabajado duro yo sola para sacarte de éste mundo. No lo tires a la borda por un par de dólares.—Reprochó.
—No es lo que crees madre. Ha sido él, lo prometo.—Dije tomando aquella taza de café y tomando un sorbo.—Ahora vístete, tenemos para comprar comida y hacer un gran almuerzo hoy. Así no trabajas por unos días y descansas.—Dije besando su frente.—Te dije que no te preocuparas que algo bueno pasaría. Ésto es lo bueno que nos sucede ahora, así que no le des muchas vueltas y solo tomemos algo que merecemos.—Dije marchandome una vez a mi habitación.
Una vez allí, cerrando con seguro, partí en llano.—Lo siento, mamá.—Susurré casi inaudible. Las lágrimas se hicieron presente y mi alma se partió en dos.
Jamás le había mentido a mi madre, y estaba haciendo justo lo que no quería que hiciese. Estaba metiéndome en un mundo sin retorno y sin control.
Y era cierto, ya solo pensaba en la segunda oportunidad que tendría que salir. No dejaría que mi madre trabajase más, no en las condiciones actuales que se encontraba.
Encontraría alguien que creyese que mi edad era más o alguien que no le importara que mi edad no fuese lo suficientemente justa para ese tipo de cosas.
O una vez más, iría tras aquel sujeto que de manera desafiante había llegado y segundos más tarde, se había marchado. Tenía que lograr calentar su alma más de lo que lo había hecho en aquel primer encuentro. Pero, ¿Cómo lo haría? ¿Cómo se calentaba a un hombre?