—¡Me pasmo, caramelos! ¡Me pasmo de verle con esa flema! ¿O no sabe lo que pasa? —Yo no me apuro por cosas que están previstas. En materia de elecciones no se me coge a mí de susto. —¿Usted se esperaba lo que ocurre? —Como si lo viera. Aquí está el abad de Naya, que puede responder de que se lo profeticé. No atestiguo con muertos. —Verdad es—corroboró don Eugenio, harto compungido. —¿Y entonces, santo de Dios, a qué tenernos embromados? —No les íbamos a dejar el distrito por suyo sin disputárselo siquiera. ¿Les gustaría a ustedes? Legalmente, el triunfo es nuestro. —Legalmente… . ¡Toma, caramelos! ¡Legalmente sí, pero vénganos con legalidades! ¡Y esos Judas condenados que nos faltaron cuando precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El herrero de Gondás, los dos Ponlles, el albéitar… !

