XI Quedaban migajas, no muy añejas aún, del pan de la boda, cuando don Pedro celebró con Julián una conferencia, conviniendo ambos en lo urgente de que el capellán se adelantase a salir a los Pazos para adoptar varias precauciones indispensables y civilizar algo la huronera, mientras no iban a vivirla sus dueños. Julián aceptó la comisión, y entonces el señorito mostró remordimientos o escrúpulos de habérsela encomendado. —Mire usted—advirtió—que allí se necesitan muchas agallas… . Primitivo es hombre de malos hígados, capaz de darle a usted cien vueltas… . —Dios delante. Matar no me matará. —No lo diga usted dos veces—insistió el señor de Ulloa, impulsado por voces de su conciencia, que en aquel momento se dejaban oír claras y apremiantes—. Ya le avisé a usted en otra ocasión de cómo

