Eze junto a Sabina llegaron a casa de esta. Al momento que vio a su hija supo que su esposo estaba muerto y que todo mejoraría. Fue hacia su hija y la abrazó fuerte, al igual que Eze. Sin perder más tiempo los llevó donde se encontraba el niño, quien siempre supo que los padrinos de Sabina no eran sus padres, pues ellos siempre le hablaron de su madre. El reencuentro de madre, padre e hijos fue emotivo. Sabina abrazó a su pequeño, dejando escapar unas lágrimas miró a su esposo, quien los contemplaba con los ojos aguados. Eze sonrió cuando ella le hizo saber al niño, que él era su padre. Eze pasó los dedos por las mejillas limpiando la humedad de estas, seguido se inclinó y acercó al pequeño, quien tenía un gran aparecido a él. Si no le hubieran dicho que tenía un hijo, si algún día por
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