CAROLL Me despierto con un zumbido en los oídos, pareciera que miles de abejas revolotean dentro de mi cráneo, me cuesta respirar, me duele todo el cuerpo. Entreabro los ojos, la luz es tenue, cálida, parpadeante. Poco a poco recobro la conciencia, abro los ojos lentamente, los pestañeos me cuestan un esfuerzo sobrehumano. No reconozco este lugar, las paredes son de piedra negra, y las únicas fuentes de luz son docenas de velas dispersas por toda la habitación, proyectando sombras danzantes en las paredes. Intento moverme, no puedo. El frío me eriza la piel, desciendo la mirada, el miedo se apodera de mí al darme cuenta de que cuerdas ásperas se clavan en mis muñecas y tobillos, manteniéndome en una posición de completa vulnerabilidad. Estoy desnuda, atada a una cama de cuatro postes de

