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A partir de ese día, Zoe visitaba aquella cabaña con demasiada frecuencia. Amparada en la oscuridad y el silencio de la noche se escabullía hasta allí, creyendo que nadie la escuchaba. Durante el día eran dos profesionales veterinarios, que velaban por el bienestar de los animales rescatados. Aunque a Noah cada vez le resultaba más difícil mantener su papel de hombre solitario y serio. Zoe lo hacía reir. Era ocurrente, auténtica y genuina. Había conquistado el corazón de cada uno de los miembros del refugio. Doña Paula le preparaba sus platos favoritos, Vicente compartía sus mates en las tardes y conversaba animadamente con ella. Bernardo la respetaba y le consultaba muchas de sus decisiones. Pedro y María simplemente la adoraban. Zoe no dudaba en jugar con ellos a todo lo que se les

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