EQUIPO

1073 Words
Horas después No entrar al perfil de i********: de Haizel se ha convertido en un desafío constante, casi una prueba de resistencia diaria. Cada vez que el silencio se instala en la oficina o que una tarea termina antes de lo previsto, el impulso vuelve, insistente, como una comezón imposible de ignorar. La única manera que he encontrado para no caer es trabajar. Trabajar hasta que los números se confundan, hasta que los párpados pesen, hasta que la cabeza no tenga espacio para nada más. Y cuando eso no alcanza, me obligo a ocuparme en cualquier otra cosa que mantenga mi mente distraída. No mires. No hoy. Un golpe seco en la puerta rompe la concentración que tenía sobre la hoja de balance. Respiro profundo. —Adelante —digo. La puerta se abre y aparece Alenka. No me había detenido a observarla esta mañana, pero ahora lo hago. El vestido azul que lleva puesto se ajusta con elegancia a su figura, sin exageraciones, sin pretensiones. Profesional. Sutil. Hermosamente sobrio. Me incomoda darme cuenta de ello. Concéntrate. —Señor Gauthier, solo quería informarle que la reserva en el restaurante es dentro de veinte minutos —anuncia con su tono formal habitual. —Gerrard. Me llamo Gerrard —le recuerdo, casi por reflejo. Ella sonríe, una sonrisa pequeña, algo nerviosa. —Perdón… aún no me acostumbro —se disculpa. —No te preocupes —respondo mientras cierro el programa en la computadora y me pongo de pie—. ¿Dónde has reservado? —Su asistente me comentó que uno de sus restaurantes favoritos es Ferro. Pensé que sería una buena elección —dice con seguridad. El nombre cae como un golpe directo al pecho. Ferro. Las cenas tardías. Las risas. Las promesas dichas en voz baja. Los viajes improvisados solo para verla unas horas. Siento cómo algo se contrae dentro de mí. No es culpa de Alenka. Lo sé. Pero no puedo sentarme en ese lugar sin que todo vuelva. —No me lo tomes a mal, pero preferiría cambiar de sitio, si no te molesta —digo, cuidando el tono. Ella frunce ligeramente el ceño. —¿Hay algo malo con ese restaurante? —pregunta, preocupada. —No. Solo… recuerdos que prefiero dejar atrás —respondo, sincero, pero sin entrar en detalles. Su expresión se suaviza de inmediato. —Entiendo. ¿Cancelo la reserva entonces? —Por favor. Escoge cualquier otro sitio que quieras, pero no ese —le pido. Asiente y saca el móvil sin decir nada más. […] El cambio es rápido. Alenka elige Les Meilleurs, y apenas escucho el nombre sé que ha acertado. —Buena elección —comento mientras caminamos hacia la entrada. Ella sonríe, claramente aliviada. —Tenía miedo de equivocarme —confiesa—. No quería que fuera incómodo. Más incómodo de lo que ya es existir sin ella, pienso, pero no lo digo. El mesero nos conduce hasta la mesa y caminamos uno junto al otro. Noto su postura recta, segura, pero no rígida. Hay algo en ella que transmite equilibrio. —No soy tan complicado como muchos creen —digo—. Mis gustos son bastante simples. Antes de que el mesero intervenga, aparto la silla para que se siente. —Gracias —dice, mirándome con cierta sorpresa. Tomo asiento frente a ella. Pedimos las bebidas y abrimos el menú. —Entonces, Alenka Zie… —digo, dudando. —Zielinski —me corrige, riendo suavemente. —¿Polaca? —pregunto, dejando el menú a un lado. —Mis padres lo son. Se mudaron aquí cuando mi madre estaba embarazada de mí. Digamos que soy un poco polaca y un poco americana —explica. —Eso explica el apellido —comento—. ¿Y qué estudiaste? Porque, siendo sincero, has manejado todo esto mejor de lo que esperaba. —¿Es una entrevista? —pregunta, algo tensa. Río. —No. Solo quiero conocer a la persona con la que trabajo. Normalmente participo en todas las entrevistas, pero he pasado por… una etapa complicada —admito—. No he sido justo contigo, y eso no me gusta. Ella me observa con atención. —Lo entiendo. A veces la vida se desordena —dice—. Tengo una maestría en Finanzas, de la Universidad de San Francisco. —Eso explica muchas cosas —respondo—. Es un programa excelente. —Gracias —dice, algo incómoda. —Y siendo honesto… merecerías algo más que ser solo mi mano derecha. Se encoge de hombros. —El mercado laboral no es sencillo. A veces estás demasiado calificada, otras no lo suficiente. Trabajar aquí me pareció una buena oportunidad —confiesa—. Me gustó sentir que aportaba algo. Asiento. —Aportaste mucho. Y a partir de ahora, quiero que eso se refleje también en tu posición y en tu salario. Sus ojos se agrandan. —¿Hablas en serio? —Completamente. El talento no se desaprovecha —afirmo. —No te defraudaré —dice con convicción. Por primera vez en días, siento que algo dentro de mí se acomoda un poco. —Entonces, es momento de que conozcas mejor el lugar donde trabajas —digo. —Estoy lista —responde, sonriendo. […] Esa misma noche El almuerzo con Alenka logró algo que no esperaba: sacarme del pozo mental en el que llevaba semanas hundido. Durante un par de horas, no pensé en Haizel. No en su risa, ni en su ausencia, ni en lo que perdí. Pero basta con volver a casa para que todo regrese. El silencio me recibe como un viejo enemigo. Esta casa es demasiado grande para una sola persona. Demasiado vacía. Me dejo caer en el sofá del salón y observo el espacio donde antes ella bailaba descalza, donde cantaba mientras cocinaba, donde su presencia lo llenaba todo. La extraño más de lo que estoy dispuesto a admitir. No puedo seguir así. —Quizás Juan tenga razón… —murmuro. Tomo el móvil, abro i********: y entro a los mensajes. @JuanMoncada: Este es el enlace del sitio de citas del que te hablé. Créate un perfil. Hay chicas muy guapas aquí. Tal vez te ayude a olvidarla. ¿Olvidarla? Exhalo. No pierdo nada con intentarlo, ¿no? Pulso el enlace. Completo los datos. Subo una foto. Leo el perfil antes de publicarlo. —Aquí vamos… —me digo cuando finalmente presiono publicar. No sé si esto me ayudará. Pero necesito hacer algo.
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