Capítulo 19

1711 Words
CAPÍTULO 19.   Una hora después del comienzo de un desastre, Aria se ha aislado en una de las habitaciones de la mansión Voelklein. Cae el atardecer y todos los cuerpos divinos se esfuman del jardín, como si nada hubiera pasado.   Son seres que no pertenecen al plano terrenal.  Cabe mencionar que cuando un dios muere, su cuerpo y alma al ser una sola, se va directo al Inframundo sin dejar rastro alguno de lo que alguna vez fue. Pero las manchas de sangre serán algo que no se va, no se quita, por lo que podría ser un dolor de cabeza para la familia Voelklein.  Luego del desastre, Ada, Max, Amenadiel, Matt y Amy ingresan a la casa junto otros dioses heridos. La desesperación por curar heridas y limpiar el lugar se vuelve un trabajo en equipo. Aunque todos desean el bienestar de los suyos, hay un pensamiento en común: ¿Qué decisión tomara la hija de la muerte?  Ada desinfecta limpiando una cortadura profunda en la mejilla del dios de ojos bicolores mientras este se encuentra sentado en una butaca alta.   Con  delicadeza la hija de Afrodita pasa el paño blanco que poco a poco se tiñe de sangre por la mejilla del joven, dándole palmaditas con una paciencia impresionante.  Amenadiel tiene la mirada perdida, cansada. Su mundo se está derrumbando porque sabe lo mucho que ella está enojada con él. Le ha ocultado algo que jamás creyó que saldría a la luz. Evade las ganas de echarse a llorar.  Tan solo pensar que podría volver a perderla se le revuelve el estómago.  —No te enfades con Aria tome la decisión que tome —le dice Ada, apenada.  —Estoy por perderla una vez más y no sé qué hacer —se le quiebra la voz y trata de ocultarlo tomando una bocanada de aire al final de sus tristes palabras.  —Si se aman estarán juntos pase lo que pase. Pero ahora todos los dioses que quieren sacar a Zeus de su pedestal quieren que Aria se marche con él para terminar con siglos de torturas por amar a quienes no deben. Está presionada sé comprensivo, cariño.  Le hablaba con una tranquilidad y sabiduría que era imposible creer que dentro de ese cuerpo de jovencita de veinte años Ada Gray era una mujer que superaba los cuarenta en la tierra.  La juventud eterna en los dioses a veces era un castigo ya que era complicado disimularlo en la tierra.  —Aria sufrió abuso por parte de su padre Hades en el Inframundo —le cuenta Amenadiel con cierto rencor —. Ella no volverá a ese sitio en donde le lastimaron el alma, Ada. Respetaré si ella decide marcharse al Olimpo si eso ayuda a que todos los dioses sean libres a la hora de amar. Ella a asesinado a los nuestros, quizás tenga la intención de remediar las cosas ¿Cómo demuestro amarla si me opongo a lo que ella decida?   Los ojos de Ada descienden con tristeza al procesar lo que él acaba de contarle. Si tan solo supiera que ella vivió lo mismo que Aria y con la misma persona, pero no quiere hacerlo, no se atreve porque es un pasado que evita recordar por más que le duela en las entrañas.  Un doloroso recuerdo como tal no se supera, solo se aprende a vivir con él cada día y muy pocas veces se logra vivir con paz.  —No deja de ser grosero y asqueroso que Zeus la quiera junto a él —agrega Amenadiel —. Si ella decide irse al Olimpo yo la acompañaré para que no le haga daño. Sea donde sea.  —¿Y si ella decide quedarse en la tierra con el odio de todos los dioses por oponerse a liberarlos por su bienestar?  Amenadiel mira directamente los ojos grises de Ada.  —La protegeré en donde quiera estar, aunque ahora esté enojada conmigo —su tono de voz decae.  Ada deja de limpiarle la herida.  —¿Qué? ¿Por qué estaría enojada contigo, Amenadiel?    Aria está sentada en el suelo de una habitación vacía observando desde un ventanal el extenso predio de su hermano. Tiene las piernas contra su pecho mientras sus brazos las rodean con fuerza.   ARIA EVANS.  Estar destrozada es decir poco. Es encasillar en diez palabras un estado mucho más inmenso. La profundidad con la que uno puede tocar fondo es impresionante y piensas que nunca puede ocurrir. La vida no te preparara para estas cosas hasta que las vives.  Pero, supe que nada tendría sentido cuando estas viva siendo hija de la muerte y la primavera. A veces dos uniones pueden causar un desastre.  Yo era el desastre.  Desde que puse mis ojos en Dante permiti que se desencadenaran varios acontecimientos que me jugaron en contra: Apareció Amenadiel con la benevolencia de cazarme y mandarme al Inframundo, luego cambió el juego con la intención de que me casara con él solo para que dejara de asesinar a dioses, luego se enamoró de mí, descubrí que Dante quería hacerme daño y me asesinó junto con mi bebé, comenzó la guerra, me vengué matándolo, pero antes de eso confesó que tuvo un amorío con Amenadiel. Muere. Zeus, su padre, aparece con la intención de calmar a la muchedumbre y que todos los ojos se posen en mí y no en él anunciando que si yo aceptaba estar con él o volver al inframundo cedería a que los dioses amaran con libertad.  Y boom, desaparece dejándome en el ojo del huracán.  Tocan la puerta. No respondo. Necesito estar sola para procesar todo lo que acabo de vivir en menos de tres horas.  Vuelven a tocar, pero luego del golpe la abren de todas formas. Cierro los ojos. No voy a ser grosera así que me mantengo en silencio con la mirada al frente. La indiferencia y la frialdad en uno a veces es la mejor medicina para tratar de evitar el mundo real.  Ahora entiendo a mi hermano Matt.  —¿Podemos hablar?   Me recorre un leve escalofrío por la espalda al escuchar la pregunta de Amenadiel, tan calma y serena, sin intenciones de reprenderme. Cosa que claramente no necesito ahora.  Pero escucharlo me duele, demasiado.  —¿Cómo pudiste ocultarme que Dante y tú...tuvieron un pasado? —mis ojos se ven nublados por las lágrimas y el temblor de mi voz hace que avance un poco más hacia donde estoy.  —Porque fue solo eso...un pasado —confiesa conteniendo la desesperación —. Dante y yo fuimos muy amigos...él quería algo más y yo...fue hace siglos Aria.  Tomo una bocanada de aire. No quiero llorar. No ahora.  —Maté esta mañana a mi primer amor porque él me traicionó —le digo —. Pero a la vez maté a alguien a quien quisiste. No me pidas que supere esto, corra a tus brazos y hagamos que nada pasó porque no puedo Amenadiel —me pongo de pie de un salto y lo enfrento a punto de romper en llanto —¡Porque odio que me oculten cosas!  —¡Sé que fui un imbécil! —se le quiebra la voz, se acerca a mí, desesperado —. Por favor no me pidas que me vaya de tu vida. No ahora por favor. Te he esperado días y noches. Yo te amo Aria. Por favor —toma mis mejillas con ambas manos en busca de mis ojos.  Dante no soportó vivir al saber que Amenadiel me amaba, por eso fue tan sencillo matarlo por todo el mal que me hizo. Amenadiel quiso proteger a un viejo amigo de una arpía como yo, pero se enamoró de mí en cuanto me conoció.  Un triángulo amoroso complicado, pero uno, en fin.  —La fantasía s****l de mía en donde estamos Dante, tú y yo follando lo hiciste por ti ¿verdad? —le pregunto, con frialdad y me echo hacia atrás para liberarme de sus protectoras manos—. Porque ese día me pediste matrimonio en un McDonald's pero tenías esa fantasía en tu mente con él y conmigo.  —No, mi fantasía era darte a ti lo que tú querías —me niega con firmeza —. Porque yo sabía que estabas confundida con los dos. Solo pretendía darte un encuentro único, sin dramas ni celos. Únicamente nosotros tres.  Lo escucho, atenta. Su respuesta es tan sincera que le creo. Miro por la ventana. Las manos de Amenadiel se posan sobre mis hombros. Su rostro se hunde en la coronilla de mi cabeza y suelta un sonoro suspiro.  —Si bien te afecta lo que oculté...sé que no es lo más grave que está sucediendo...  —Si no puedo ser diosa del Olimpo sin contraer matrimonio antes con Zeus seré la reina del Inframundo—lo  miro directo a los ojos, segura de mi misma—. Tendré la corona de mi madre y reinaré sobre los muertos. No puedo dejar de ser lo que soy por más que me ponga una túnica blanca y vista de oro no dejaré de ser una asesina y mi instinto me pedirá sangre cada vez que pueda. Seré reina. Una reina justa que liberara a su madre y le dara la oportunidad de ser libre. Recuerda que Hades secuestro a Perséfone porque se enamoró de ella. Seré mejor, justa sobre los mios, Amenadiel. Cosa que nunca lo fue Walter Voelklein o mejor dicho Hades.  Amenadiel me observa con el ceño fruncido, asimilando mi decisión.  —Creí que aceptarías la propuesta de Zeus —confiesa con lentitud —. Digo, siempre quisiste ser diosa...y ahora que surge la posibilidad...  —No voy a contraer matrimonio con Zeus ni porque me pagaran Amenadiel —me escandalizo, horrorizada —. Creí que era alguien serio, pero resultó ser un imbécil, detestable y arrogante igual que Dante ¿te imaginas que a mí y ese idiota bajo el mismo cielo? —me echo a reír.  —Secuéstrame.  —¿Qué?  Se acerca a mí con una sonrisa pícara. El humor le cambia de repente y la oscuridad de sus ojos lanzan un brillo malicioso que promete cosas interesantes.  —Quiero ser tu Perséfone, Evans. Llévame al Inframundo contigo. Corrompe mi alma y réiname. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD