Pasaban los minutos y la desesperación de Abril crecía cada vez más. Aún no le ha informado a los padres de Alejandro que su hijo está siendo atendido en un hospital y que todo ha ocurrido por su culpa. “¿En qué estaba pensando cuando lo obligué a que comiera eso?” Ah, estúpida. Se regaña a sí misma. Finalmente, y después de una larga espera que, en realidad, había pasado poco tiempo, pero sus nervios le hicieron creer lo contrario, salió el doctor y le comunicó que, por el momento, el paciente duerme profundamente porque ha sido medicado con loratadina para erradicar su alergia. —¿Ya no hay peligro con sus vías respiratorias?— Consultó. —No. Pero él, debería de tener cuidado con lo que come. Abril asintió con un leve movimiento de cabeza. Le cayó como un balde de agua fría la recome
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