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"Sí, porque nos volvimos novios", afirmó. "Felicidades", exclamé con una falsa sonrisa, sintiéndome mal por mentir y fingir. "Es la primera vez que siento algo así por una mujer, estoy como un tonto enamorado", confesó. "Me parece bien, señor. Ella es una bonita mujer y buena", comenté. "Lo es de verdad, incluso me preguntó si le estaba pidiendo matrimonio cuando vio la cajita, se lo hubiera pedido en realidad era mi idea pero...", reflexionó. "Quizás más adelante", sugerí. "Tienes razón, tenemos que conocernos para después yo pedirle matrimonio", dijo. "Me parece una buena idea, señor. Seguramente ya aceptaría", murmuré. "Y por fin tendría una familia, me gustaría tener muchos hijos como ella, iguales...", divagó. "Ay, estoy desvariando. Bueno, quería agradecerte, puedes ir y trabajar", dijo. "Con permiso, señor", comenté, saliendo de la oficina y suspiré. Sentirme mal por mentirle era poco, me sentía pésimo. Podía ver en sus ojos que él estaba enamorado de una chica que no existía, y eso me afectaba profundamente. ¿Cómo podría decirle la verdad sin que me despidiera? Lo bueno era que entraría a la universidad, ya tenía el dinero para pagar la matrícula, pero a costa de esto, estaba involucrándome emocionalmente. Finalmente, el día que tanto esperé llegó. Pude ingresar a la universidad y había obtenido un permiso especial para trabajar de tarde y asistir a la universidad por las mañanas. Estaba muy feliz, ingresaba a la universidad y luego trabajaba; terminaba agotada. Mi problema era que me costaba mucho trabajo fingir serena, así que no había vuelto a ver al señor más que por mensajes y llamadas, diciéndole que mi mamá estaba enferma, lo cual era mentira. Adam aparecía comprensivo, pero después de un mes sin vernos, sentía que me estaba presionando. Siendo novios, era normal no vernos, pero un día decidí que tenía que acomodar mis horarios para poder verlo. Opté por verlo los sábados y domingos, aunque la culpa me pesaba demasiado. Cada vez que les mentía, me llenaba de tristeza. "Señor, Amaia me dijo que esta noche podía verlo", comenté al ingresar a la oficina, pero después me di cuenta de mi grave error al haber llamado a Emma y a Amaia. "¿Qué ocurre?", preguntó, parecía un poco ocupado. "Perdón, Emma me pidió verlo", dije. "Hoy no hablé en todo el día con ella, pensé que algo le había pasado", mencionó. "Se le rompió el teléfono, le envió un mensaje a Camila", expliqué. "Menos mal, ya estaba preocupado", dijo. "Bueno, ¿le digo que quiere verla?", pregunté. "Sí, está bien. ¿A qué hora en casa de Camila?", preguntó curioso. "Sí, vino a visitarnos, aunque ya se fue", respondí. "Está bien, dile que la quiero ver, que la echo de menos... Ah, no, ya no le vas a poder decir", reflexionó. "Sí, no lo sé, quizás ella lo llame cuando acomode su teléfono", murmuré. "A la noche, dale las sorpresas, haz lo mismo de siempre", indicó. Primero fuimos de compras con Camila. Estábamos llegando en el vehículo cuando ella dijo, "¿Hasta cuándo vas a seguir con la mentira?". "No lo sé", murmuré sinceramente, porque era verdad, no sabía hasta cuándo. "¿Y si en algún momento te descubre?", preguntó. Suspiré. "No sé qué voy a hacer", confesé, y ella suspiró profundamente. "¿Sabes que esto no está bien, verdad?", preguntó. "Lo sé, lo sé, pero...", dije, interrumpiéndome. "Pero qué". "Creo que me estoy enamorando también y no soportaría la idea de perderlo", murmuré apenada, y ella suspiró. Antes de bajar, dijo, "Tienes un poco corrido el maquillaje", mientras me ayudaba a arreglarlo. Sonreí y bajé con mi grandeza. Finalmente, llegué a la entrada, toqué el timbre, me abrieron la puerta y finalmente ingresé. Suspiré hasta que vi a una empleada nueva, una que no había visto antes, era hermosa, perfecta. Una mujer morena, de unos 1.70 metros de altura, delgada con una figura esbelta. Tenía unos grandes ojos verdes enmarcados en su rostro, y su cabello n***o azabache estaba recogido en una coleta perfectamente hecha. Me miró como si fuera una cucaracha. "Hola, quería pasar a ver al señor Adam", comenté, pero ella dijo, "El señor Adam está ocupado". "¿Lo buscaste?", pregunté sin comprender, pero ella no me hizo caso. Subí las escaleras y cuando estaba a punto de tocar el pomo de la puerta, Adam la abrió. La chica estaba sosteniendo mi mano. "Perdón, señor Adam", dije, pero ella ingresó. "Mi hijo, estabas ocupado", comenté, y él me miró con curiosidad. "Laura, puedes retirarte", le indicó. Laura se retiró y yo suspiré. "Te extrañé, amor mío", comenté abrazándolo. "Hace un mes que no te veo, ¿por qué?", preguntó haciendo un puchero. "Muchas responsabilidades en el trabajo, está pleno y no puedo ni respirar", mentí. "Te entiendo, cariño, ahora nos veremos más seguido", dijo. "Claro que sí", murmuré con una sonrisa, abrazándolo. Comenzó a besarme y nos besamos con profundidad, nunca en mi vida... No había estado en contacto con ningún hombre de esa manera. Me detuve ante la puerta trasera. "No puedo", murmuré. Él me miró curioso, "¿Por qué no?", preguntó, su voz entrecortada. Suspiré, "Porque soy virgen", comenté con sinceridad, y él me miró sin comprender. Me volvió a abrazar, besando mi cintura. "Entonces haré esto", comentó, poniéndose de rodillas y sacando una cajita de su bolsillo. "¿Siempre andas con esa cajita?", pregunté divertida. "¿Quieres casarte conmigo?", preguntó. Mis ojos se llenaron de lágrimas. "Sí", exclamé, abrazándolo con fuerza. Pero entonces, me detuve, me puse de pie asustada. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo podría decirle que sí si ni siquiera me llamó? Abrí la puerta y me fui corriendo, bajé las escaleras, pero tropecé. Mientras caía golpeando mi cadera en cada escalón, perdí la conciencia. No sé cuánto tiempo pasó, solo recuerdo que cuando abrí los ojos, estaba en una cama de hospital, confundida y asustada, con cables conectados a mi cuerpo. "Hola", murmuró alguien desconocido. Me besó en la frente y luego en los labios. Instintivamente, me alejé asustada. "¿Por qué me besa?", pregunté sin comprender. "¿Estás bien?", preguntó él, y negué. "No sé quién eres", comenté, asustada, dejando caer mi cuerpo hacia atrás. "Soy yo, Adam, tu prometido", dijo. "Yo nunca tuve un prometido", respondí sin comprender. "¿Gema?", susurré, negando. "¿Por qué me dices mami? Me llamo Amaya", comenté, sin comprender por qué me llamaba así. "Eres Emma, cariño. ¿De qué estás hablando? Amaya es tu amiga". No entendía lo que me estaba diciendo; solamente sabía que me estaba asustando. Nunca había visto a este hombre en mi vida. De pronto, ingresó un doctor. "No la veo bien, no se acuerda quién es ni quién soy yo", dijo el doctor. "Puede ser normal, tuvo un fuerte golpe en la cabeza y al parecer ha perdido un poco la memoria. Si dice que no nos recuerda...", explicó. "¿Qué pasó?", pregunté, aunque el hombre se quiso acercar, me aparté. "¿Por qué se me acerca?", pregunté con los ojos llorosos y asustada. "Será mejor que salga de la habitación", comentó el doctor hacia el hombre. "Pero...", intentó decir el hombre. "Por favor", pidió el doctor con seriedad. El hombre se fue y yo no entendí. "¿Quién era?", le pregunté al doctor.
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